Tal vez deba empezar a considerar que no estoy hecho para estar con alguien sino que soy de esos eternos solitarios que no pueden soportar demasiado tiempo la compañía. Incluso podría ser el caso opuesto de aquella gente que no sabe vivir si no está con alguien: yo no sé vivir acompañado. Y es una cuestión de confianza, de dar falsamente.
Es bisutería lo que entrego porque siempre hay algo que nunca doy, siempre hay algo que falta. Porque nunca cuento las historias completas y hago de todo un cuento con personajes falseados en rasgos, y veo en todo mundo y en toda historia un recurso para algún cuento, y no me tomo jamás a nadie en serio ni tengo respeto por nadie y entonces los escucho como si fuesen historias a desmenuzar –y es fácil desmenuzarlas- y nada más. Pero sé que para que den sus historias, yo debo fingir dar la mía, y doy algo genuino, pero incompleto. Doy muestras gratis de supermercado sin poner el producto en venta. Es la vida maquillada, el eterno secreto de uno mismo porque uno no debería contar nada porque contando se olvida uno de las cosas. Si contase mi vida sin escrúpulos me olvidaría de mi mismo y no sabría quién soy y me gusta quién soy. Así que me gusta siempre más quién soy yo a quiénes son los demás y me niego a dar el intercambio completo. Soy un parásito emocional, que absorbe de los demás aquello que le conviene, que le gusta, que lo nutre sin dar jamás nada genuino.
Es el eterno embuste de cambiar espejos por monedas de oro. Y eso es justo lo que hago, porque la mímica es la mejor manera de aparentar que uno está dando, reflejar y modificar la conducta para parecer un reflejo de la otra persona. Observarlas y absorber sus tratos para reflejarlos y que sigan mostrándose como son sin que uno jamás tenga que dar nada. Y darse como espejo solamente. El problema del espejo es que nadie nunca sabe cómo es realmente a pesar de mostrarse siempre desnudo. El espejo miente: se muestra y no lo hace a la vez.
Andrés Sierra Gómez Pedroso
Es bisutería lo que entrego porque siempre hay algo que nunca doy, siempre hay algo que falta. Porque nunca cuento las historias completas y hago de todo un cuento con personajes falseados en rasgos, y veo en todo mundo y en toda historia un recurso para algún cuento, y no me tomo jamás a nadie en serio ni tengo respeto por nadie y entonces los escucho como si fuesen historias a desmenuzar –y es fácil desmenuzarlas- y nada más. Pero sé que para que den sus historias, yo debo fingir dar la mía, y doy algo genuino, pero incompleto. Doy muestras gratis de supermercado sin poner el producto en venta. Es la vida maquillada, el eterno secreto de uno mismo porque uno no debería contar nada porque contando se olvida uno de las cosas. Si contase mi vida sin escrúpulos me olvidaría de mi mismo y no sabría quién soy y me gusta quién soy. Así que me gusta siempre más quién soy yo a quiénes son los demás y me niego a dar el intercambio completo. Soy un parásito emocional, que absorbe de los demás aquello que le conviene, que le gusta, que lo nutre sin dar jamás nada genuino.
Es el eterno embuste de cambiar espejos por monedas de oro. Y eso es justo lo que hago, porque la mímica es la mejor manera de aparentar que uno está dando, reflejar y modificar la conducta para parecer un reflejo de la otra persona. Observarlas y absorber sus tratos para reflejarlos y que sigan mostrándose como son sin que uno jamás tenga que dar nada. Y darse como espejo solamente. El problema del espejo es que nadie nunca sabe cómo es realmente a pesar de mostrarse siempre desnudo. El espejo miente: se muestra y no lo hace a la vez.
Andrés Sierra Gómez Pedroso
