sábado 28 de enero de 2012

El número

sábado 28 de enero de 2012
Ponga usted que le da su número telefónico a una mujer en un aire de optimismo. Suponga que esto no es algo tan espontáneo, sino algo ya previamente pensado gracias a pequeñas sonrisas que ha usted intercambiado con dicha persona. Ha sido por un par de semanas, pero definitivamente no todos los días, pues en realidad pocas veces han cruzado miradas comparado con la cantidad de veces que ha usted visto a un amigo cercano. En realidad, se han visto usted y ella unas cuatro veces –usted tal vez la ha visto más puesto que pasa por donde ella se sitúa por lo común, pero no siempre tienen la bondad de poder compartir por largo tiempo el mismo espacio-, pero esas veces han sido las suficientes para que usted pueda creer que darle su número es una opción viable. Y es que usted debe asumir que esas miradas y sonrisas son realmente cálidas y honestas; que el trato que se tienen, aunque esporádico, es diferente al común.

Imagine usted que ella le parece en verdad distinta, sin que realmente pueda decir porque. Será esta la razón por la cual usted considerará que el trato le gustaría que fuese más que esporádico, más allá de su espacio confinado por algunas horas y de donde ella no puede sino ser cómo se le dicta dentro de ese espacio. Entonces tal vez usted querrá saber si el trato cálido es sólo cosa del lugar o si en verdad ella le gusta sonreírle a usted sin decoro. Entonces usted querrá saber un poco más de ella y entonces pondrá atención a lo que ella platicará con sus iguales y lo que ellos a su vez le contestan. Desmenuzará usted los movimientos que ella tiene en dicho lugar, con las demás personas, sus iguales, sus superiores, sus inferiores, sus distintos, sus algo. Habrá usted de aguzar el oído para poder distinguir a lo lejos cómo es el tono de su voz y así saber con certeza el estado de ánimo de ella. Usted hará todo esto por verdadero interés, pero tenga usted cuidado de mencionarlo a los demás, ellos pensarán que usted es alguien de quién preocuparse.

Usted entonces pensará en algún pretexto, basado en la información que ha obtenido de los iguales de ella con preguntas sutiles –o al menos eso creerá usted-, para poder abordarle de una manera sin deferencia, casual, que vaya más allá de las normas que le han establecido tácitamente el tiempo y lugar donde coinciden únicamente. Pensará cuales deberán ser las palabras exactas y correctas, su postura y tono de voz. Es de suma importancia que usted tenga en cuenta cuando hacer contacto visual: debe usted verla a los ojos, pero no a través se sus anteojos, sino por encima de ellos para que este sea directo y contundente. Repasará los movimientos de sus manos, de sus cuerpos. ¿Estará usted sentado y ella de pie? ¿Viceversa? ¿Los dos de pie? Debe tener en cuenta todas las posibilidades para saber cómo improvisar.

Cuando tenga usted ya todo aclarado esperará al momento indicado, ese que ya ha previsto. Actuará con naturalidad, a veces incluso con un poco de indiferencia al mundo, pero jamás a ella. A ella le hará notar que le pone atención, pero que sólo cuando esta es requerida. Para esto habrá de fingir que realmente no le está poniendo atención en todo momento, sino que tiene otras cosas más importantes a hacer como son escribir en su cuaderno o leer. De este modo ella notará que no es el centro del universo, pero que usted se da el tiempo de incluirla en su atareada jornada de introspección. Esto, es evidente, será pura fachada, pues en realidad usted no estará más que con el corazón temblándole en la garganta y sin poder poner atención a otro pensamiento que no sea ella. Pero esto ella no debe notarlo, cualquier falla hará que ella crea que usted no es más que un obsesivo que pudiera secuestrarle en cualquier momento.

Ensimismado en estas líneas de pensamiento, notará que ella empieza a abandonar el lugar y que no parecerá que tenga intenciones de regresar. Entonces entrará usted en pánico pues no tenía esta situación contemplada y arruinaría sus planes. Saltará usted de su lugar, dejando todas sus pertenencias ahí mismo y correrá en su búsqueda. La verá usted de lejos y tendrá que apresurar el paso si querrá alcanzarla. Lo logrará y llamará su atención de una manera poco sutil, al contrario de lo que usted tenía planeado. Verá usted cómo ella volteará con sobresalto. Masticará usted algunas palabras que ella esgrimirá con una argumento que las refutará y dejará en ridículo el pretexto que usted tenía pensado para darle su número. Con torpeza le extenderá un pequeño pedazo de papel que tendrá su nombre y número para que ella lo tome. Lo tomará con timidez, lo verá con extrañeza y entonces los dos se irán en direcciones opuestas. Regresará usted a su lugar y el resto de lo que suceda ya no importará.

Suponga usted que le ha dado su número telefónico a una mujer con todo el optimismo posible. Pero sabe usted que ella no marcará. Se dirá usted que ella puede que no marque porque tiene ya un novio, porque no le ha entendido a los garabatos que pretendían ser números, porque se le ha perdido o tal vez porque esté esperando a un momento mejor para marcar. Tal vez, piense usted, ella no quiere verse muy impaciente y está planeando qué le dirá y el tiempo adecuado para marcarle. Tiene usted muchas teorías que serían válidas asumir y que no serían del todo extrañas ni podría usted culparla si ella tomara dichas medidas. Pero sabe usted en realidad que ella no marcará por el simple hecho de que la ha sobresaltado y ha dejado una impresión poco favorable en ella. En realidad no importa, porque usted lo único que quería era abrir la posibilidad entregando su número telefónico a una bella muchacha.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

domingo 13 de noviembre de 2011

domingo 13 de noviembre de 2011
Tomar el camino largo a casa en la noche. El frío de la calle apenas alumbrada por los faroles tapados por los árboles cuesta arriba. La noche solitaria porque no hay nadie. Dar vuelta y bajar la cuesta pateando una botella que poco a poco se va desintegrando con el adoquín hasta que no queda más que restos de vidrio verde desperdigados. Una metáfora de todo lo que se deshace en las manos. Seguir caminando con una triste canción de blues en los oídos que penetra en la noche. El sonido de la armónica que no se puede imitar, el saxofón, la voz desgarradora. La ausencia de luz, de camino, de compañía. El sabor amargo de la tristeza, de la introspección. No ser consciente de nadie más porque no hay nadie nunca que sonría, nadie que nunca hable, nunca hay eco en las pupilas dilatadas de alguien más.

Los parques en la noche mienten. Mienten porque prometen alegría en sus juegos, sus bancas y fuentes. Mienten con la promesa de gente, pero sólo hay luz blanca sobre el pasto. Los parques mienten y reflejan la soledad.

Mentir. Mentir cuando no hay soledad. El frío es imaginario y la botella no es metáfora, sólo una botella que se rompe al ser pateada cuesta abajo. Engaño que sean noches solitarias, que no haya eco ni alguien que te comparta a diario una sonrisa. El gusto de sentirse falsamente identificado con las letras del blues y la armónica que no suena igual pues no se practica lo suficiente; la voz no se desgarra porque no se ha gritado de desesperación en mucho tiempo. Sólo la noche es cierta y el resto fantasías para poder justificar en grandes días el sentir una gran melancolía.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

domingo 4 de septiembre de 2011

Otoño

domingo 4 de septiembre de 2011

En esta ciudad, el frío es perpetuo durante dos escasos meses al año. El resto del tiempo, siempre habrá un momento en el día cuando, al menos, uno pueda quitarse el suéter. Se dice que las estaciones no existen en la ciudad. Son los menos, pero a veces me gusta darles la razón. Entonces llega el veintiuno de septiembre y no me parece que la tengan. Es el otoño y las mañanas son frías, el mediodía muy cálido y en las tardes el viento sopla para convertir la noche a una frescura que es gustosa. Las muchachitas todavía no reparan bien en esto y van, en la anaranjada hora del día, titiritando por el viento sobre sus mallitas negras y minifaldas; dan ganas de abrazarlas.

Las tardes de otoño, o mejor dicho, los días de otoño se escuchan con el crujir de las hojas a las cuatro de la tarde cuando los abrigos más bien estorban y el cabello vuela; cuando el sol pinta todo de una tonalidad extraña que hace resaltar el verde, el amarillo, el rojo, el azul. Porque es en estos días de octubre y noviembre cuando los edificios parecen tener vida y ya no hay esa espesa bruma eterna del verano que convierte a este mundo en blancuzco y anacrónico. Es tal la claridad que las palabras parecen sonar mejor y las promesas se avivan. La claridad permea también en las pieles de esas bufandas ligeras que cuelgan de delgados y blancos cuellos que el viento apenas si puede besar.

Es en estos días de sol quemante por las doce que uno se queda bajo la sombra de un árbol a leer, se introduce a una biblioteca a buscar desconocidos, se aburre en las calles con su propia soledad esperando al aire que se mueve a partir de las tres y convierte la luz en algo mucho más pertinente a esas horas. Se disfruta de la soledad cuando uno se despeina al caminar, viendo a la gente pasar, a los niños correr, a las mujeres tan coquetas agarradas del brazo de alguien que no se percata de que la ciudad está siendo cómplice, con su clima, del romance que está apenas aflorando. No ven que la ciudad le pone a disposición tantos de los juegos que más tarde odiarán porque, en primavera, algo sucedió entre la bruma y el calor eterno que los hizo separarse, que el crujir de las hojas bajo sus pies es el verdadero sonido de la seducción. El único que lo sabe es el hombre solitario que boga por calles de edificios viejos, por parques con árboles que algún jardinero poda para dejarlos enanos, en librerías prometiendo historias igual de increíbles que las de la ciudad.

Uno sale de la biblioteca, sale de un café, sale casa, sale de cualquier lugar sin saber qué hacer con el abrigo pues el calor no termina de irse y el viento es frío. Siempre con el abrigo en la mano. A veces desde temprano para ver las horas caer en forma de hojas y la lluvia de semillas de las jacarandas que caen girando sobre ellas mismas en lo verde afuera de un cine más bien caro. El solitario ve con recelo a aquella pareja que, entre risas, rueda por una colina. Los ve con rencor por no ser él quien, bajo esta época tan llena de color, disfruta de esa cercanía y felicidad. Tanta claridad debería ser siempre compartida; el momento donde la realidad es palpable en el pasto debe tener eco en la mirada de alguien más. Quitarse los lentes y, por ende, quitarse las barreras para mostrar el amor de uno a esta época siempre más romántica que el agobiante calor de primavera, que el bochorno del verano, que lo seco y frío del invierno.

Es en estos días cuando no se sabe si debe uno utilizar la chamarra delgada o la gruesa. Ni uno ni ellas. En otoño las precauciones no importan, siempre será lo contrario. Las chicas usan ropa escotada y hará frío; si se cubren, hará calor. Y es que el otoño siempre nos toma por donde menos lo esperamos, nos sorprende, nos alumbra y sólo podemos confiar en que hará viento y que, llevemos lo que llevemos con nosotros, revoloteará con las ráfagas aprisionadas entre todos los pliegues. Es lo único permanente de los otoños, el viento removiendo sentimientos, añoranzas y demás.

Y uno se queda en la grama, sentado con el corazón revuelto cuando se da cuenta en soledad de la llegada improvista del invierno y del fin la claridad, de las tardes naranjas, del viento refrescante y del calor de mediodía. El pasto ahora es amarillo y las muchachitas ya saben que siempre deben estar cubiertas. Llega el inverno de improvisto y, si se tuvo suerte, lo sorprenderá acompañado. Si no, uno queda igual de solo que antes.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

viernes 22 de julio de 2011

viernes 22 de julio de 2011
Se encuentra ahí, esperando junto la entrada de la heladería cuando sale el otro. Se sienta frente de él y lo observa con cautela. Pero no flaquea y le mantiene la mirada. El otro desvía su mirada y busca, sin encontrar, un lugar donde fijarla. Desiste y regresa a la heladería.

Saca, ahora que se encuentra sin guardián, un separador previamente preparado y juega con él. Espera y relame las palabras una a una. Vuelve a salir el otro, ahora teniendo una conversación, que él no escucha, con otro compañero. Hay un espacio entre ellos donde cabe una persona que resguardan con recelo. Alguien que tarda todavía un poco en salir.

Y aparece ella. Con esbelta blusa de rayas rojas y blancas, ocupa el lugar vacío entre los otros dos. Él se incorpora, deja de jugar con el separador y gira sobre sí mismo para encararla. Se postra frente a ella. El inesperado acortamiento de distancia parece sorprenderle. Los otros le figuran inexistencia. Le alcanza el separador.

"Sé que sólo fue un billete de cincuenta pero, si vuelves a perder otro, márcame".

Le ve a los ojos. Ella toma el separador, lo ve con extrañeza y luego le regresa la mirada azul con una sonrisa. Se despide de ella y hace un ademán de respeto a los otros con la cabeza y la mano, ahora sí reconociendo su existencia, y parte en su camino nuevamente.


Andrés Sierra Gómez Pedroso

lunes 11 de julio de 2011

lunes 11 de julio de 2011
Salir sin un centavo en la bolsa ni teléfono móvil, tomar la ruta de siempre al norte, por la acera del carril que viaja al sur. Un suéter azul abierto y arremangado hasta los codos corona este andar solitario, desmedido, despreocupado y, sobre todo, dirigido al lugar de siempre. Sobre la acera se encuentran los indicios de una lluvia dura e implacable que resultó sólo ser pasajera, de cinco minutos. Se nota por el concreto seco que simula una sombra de un poste de teléfono. La calle sube y baja, desentendida de los transeúntes que van sobre las falsas colinas antes de llegar al declive definitivo. Mucho más adelante, una florecilla naranja se asoma de entre las rajadas de la entrada a una casa, desentonando con el gris de su alrededor. Empieza a lloviznar y el suéter azul sigue caminando.

Llega a una banca. Las demás prendas también caminan. No todos son suéteres sino una gama de vestidos, playeras, chamarras. En la banca de enfrente, unas mallas negras con chamarra negra hacen cariños a un pantalón gris, playera a rayas y chamarra de cuero. Las mallas negras también son un moño que se acerca alegremente a la playera a rayas. No se han dado cuenta que atrás de ellos, camina despreocupada una rata. Entra y sale de los arbustos y espía al suéter azul. Pasa vestido durazno con un hula-hula que logra subir desde los tobillos de los pantalones de mezclilla deslavados hasta arriba de los tirantes con puro movimiento ondulante. Junto a la banca, otro vestido marrón y gorro morado, acompañado por sudadera, también azul, van al encuentro de otras playeras a rayas y chamarras negras de piel. La rata sigue observando y se esconde cuando cruza la mirada con el suéter azul arremangado.

Las gotas de agua caen sobre el suéter azul y éste no se inmuta ni se mueve de su lugar: observa la escena. De otro abrigo negro brillante cuelga una bolsa que deja tirar un papel por accidente. Suéter azul corre a salvar de la triste perdición y soledad al papel abandonado y lo restaura a la bolsa. Luego regresa a su banca solitaria y ve pasar a blusón rosa con medias negras junto con su acompañante de prenda marrón. Sin chiste, pero ya van varias vueltas que dan. Vestido marrón y gorro morado van y vienen de distintas playeras a rayas, a veces acompañadas por suéter morado y blusa blanca con sombrero. Estas prendas tan juveniles que no habrían de ser más grandes que el departamento de niñas adolescentes, parecen indecisas con qué grupo de ropa para juniors quedarse.

Mallas negras y chamarra negra con playera a rayas y pantalón gris se levantan sin haberse dado cuenta de la rata que cruzó desde su jardín hasta el de suéter azul, pasando muy cerca de los zapatos de éste. Se van y suéter azul ya perdió la mitad de su entretenimiento. Las prendas adolescentes dejaron de pasar y sólo queda blusón rosa y su acompañante dando vueltas. Suéter azul decide que debe también cambiar de aires y penetra en más prendas que bogan por la plaza dividida por una calle. Pero no encuentra nada, ninguna prenda que llame la atención, ningún juego de pantalones, medias, blusa, vestido, botas con suéteres largos flotando sobre ellas: sólo prendas comunes. Suéter azul nota que ya no llovizna y que el regreso es inevitable.

Sin dinero ni comunicación emprende las mismas calles que lo trajeron. Se encuentra con una placa de auto que tiene sed, cuatrocientas ochentaisiete veces sed. No le bastó la lluvia y quiso más. Suéter azul compadece a esta pobre placa y memoriza que tenga cuatrocientas ochentaisiete veces sed y espera él también que todo se moje hasta la saciedad con un chaparrón y, después, llueva mucho tiempo más. La florecilla naranja sigue ahí, altanera, inalterable, bella y solitaria en medio de todo el gris del mundo. Las nubes, nota suéter azul, amenazan, pero duda que vayan a cumplir pronto su declaración silenciosa. El aire se empieza a ennegrecer y suéter azul llega a reja blanca. Sube escaleras y cruza puerta de madera para encontrar que fue inútil olvidar el aparato: nadie llamó de cualquier manera.

Andrés Sierra Gómez Pedroso