viernes 27 de noviembre de 2009

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jueves 26 de noviembre de 2009

Del instante

No pareciera haber un fin a esta vejez. Al contrario, cada minuto pareciera expandirse cada vez más. Día a día los huesos se descalcifican, las arrugas se contraen y los ojos adquieren esa tristeza de quién se sabe fuera de tomar sus propias decisiones. Permanece el deseo de mantener estático el momento para no seguir creciendo; deseo existente desde la juventud.

Se remite al primer beso. Antes de ese momento, su vida se resumía en adelantar sin parar hasta llegar al primer beso. Cuando obtuvo su primer beso de aquella chica dos años menor que él y quién llevara el nombre de una flor, decidió congelar el tiempo. Pero el tiempo no estuvo de acuerdo, corriendo aún más rápido. El primer beso se convirtió en su primera tarde de besos que culminó dos horas después. Tenían dieciséis y catorce años.

Tiempo después, con esa misma mujer tuvo su primer sexo –acción la cual confundieron con 'hacer el amor'. El tiempo y él tuvieron la misma discordia de la vez pasada y obtuvieron el mismo resultado: el vengativo tiempo decidió ser vengativo y acelerarse un poco más. Nueve meses después, lo convirtió en aquello que debió haber sido al menos diez años más tarde. Con hijo en brazos, esperanzado a vivir cada momento, despertó un día lleno de arrugas, viudo y sin hijos. Todos lo habían abandonado habiendo huido a otros planos terrenales o simplemente a terrenos más planos.

Pasó su vida añorando congelar el instante y jamás lo logró. Ahora, años después, sigue acumulando instantes en la batalla para no volverse viejo. Pero esta noche por fin logrará congelar el tiempo y mantenerse en el mismo estado hasta ser consumido por las raíces de un rosal.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

miércoles 25 de noviembre de 2009

La semilla del tamal

Terminas tu tamal verde. La exquisita masa humeante bañada en ese líquido verdoso el cual envuelve al pollo deshebrado se ha esfumado. Sus cinco o diez minutos de gloria –dependiendo de qué tan glotón sea uno. Se sienta uno y se reclina dependiendo del caso. Habrá gente que tenga prisa, coma en la calle y después de esto se coma un chicle para aliviar el aliento; otros simplemente llevarán prisa. Estos dos no experimentaran la experiencia a continuación narrada. Es la persona que come ese tamal verde con calma, en la comodidad de un asiento quién la disfruta –o sufre. Como es bien sabido por todos, la salsa verde lleva las semillas del tomatillo. Aquella fruta verde comúnmente confundida con una fruta por razones históricas y carencia de sabor excesivo de azúcar, contiene unas pequeñas semillas. En el proceso de hacer una salsa, se muelen los chiles con el tomatillo, la cebolla, el epazote, perejil y, para el caso de los tamales, se cuece el molido. En ningún momento se retiran estas semillas de ninguno de los elementos si uno quiere tener buena salsa. Habrá algunos que lo muelan a mano, otros más modernos lo licuarán. El sabor más bien radica en cantidades.

Después de haberse cocido y preparado el tamal con el guisado de pollo en salsa verde, se ingerirá por algún glotón despreocupado con bastante tiempo en manos. Se tomará su tiempo en saborear bocado a bocado la salsa caliente mezclada con la masa. El atole es buen acompañante, pero no esencial para este relato. El tamal finalmente se habrá agotado y tendremos a un comensal despreocupado, lleno y feliz, esperanzado a perder sus siguientes minutos en el ocio mientras su estómago hace digestión a la masa de maíz.

En el ocio, usted, comensal glotón, paseará su lengua por su boca. Recorrerá los cachetes, los labios, los dientes de atrás para adelante por las paredes internas de los dientes, por la parte externa y finalmente por las coronas de las muelas. Es ahí donde encontrará las semillas del tomatillo contenidas en la salsa. Se encontrara una semilla por muela a lo mucho. Jamás habrá dos, pues una ocupa todo el espacio libre dentro de la muela, dejando cualquier otra semilla sin la posibilidad de incrustarse. El objeto intruso debe ser remediado por el comensal glotón.

Primero empieza con un suave movimiento de lengua sobre la semilla, pero esta dará su batalla y jamás se moverá de ahí al primer instante; de otro modo, no sería divertido y esta anécdota perdería todo sentido. Se tallará con un poco de fuerza una cuantas veces más sin lograr nada. Después de convencerse de su fracaso con este método, recurrirá a intentar escarbar con la punta de la lengua el pequeño objeto de no más de dos milímetros de ancho. Si tiene suerte, logrará sacarla con este movimiento, pero las probabilidades van en contra de él. Girará su cabeza entonces hacia el lado de la mandíbula en el cuál se encuentre la semilla, sin razonar la inutilidad de este movimiento. Pueden pasar minutos con el comensal en este forcejeo con combinación de técnicas, y algunas veces tendrá éxito. Si no, recurrirá a algún objeto puntiagudo como un tenedor, la punta de un cuchillo o un palillo para retirar la semilla.

Después de esto, viene un segundo forcejeo. El glotón no puede desperdiciar nada de comida y por lo tanto debe ingerir esa semilla. Sin embargo, sería muy glotón si la tragara completa. Debe ser masticada. Pero la semilla se defenderá con su naturaleza de coraza dura, redonda y pequeña. Si se le intentara morder con los dientes, bailaría de un lado a otro de su boda; los colmillos son inútiles y el uso de las muelas sólo lo regresarían al primer forcejeo. Así que prosigue a bailotear la semilla con los dientes en un burdo intento de partir la semilla de modo que sea masticable. Usará la lengua como apoyo para mantener fija a la semilla, pero será inútil: la lengua es suave y resbaladiza. La semilla pasará por varios pares de dientes, fallando en ser molida en cada uno de ellos. Saldrá disparada pegando entre los labios, los cachetes, las encías. Intentará esconderse sin lograrlo, su lengua siempre la va a encontrar –después de todo, los glotones conocen mejor el interior de sus fauces que su propia cara. Pasarán varios minutos hasta que el glotón pierda interés, meta su dedo a la boca, fije la semilla y finalmente la rompa entre sus dientes, lista para intentar masticarla con dos machacones de muelas y desaparecer en un trago de saliva.

Terminando esto, buscará otra semilla. Si la encuentra repetirá el mismo procedimiento; sino, tomará un vaso de agua, leche, jugo o atole, se limpiará la boca, y se tumbará a dormir una siesta.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

jueves 19 de noviembre de 2009

Everywhere

El viento colado por la ventana me recordó con su frío la usencia de tus pies enredados a los míos. Me mirabas fijamente mientras despertaba de mi profundo sueño con tu sonrisa de otoño y tu mascada. Te puse bocabajo dentro de uno de mis cajones mientras me vestía.

Desayuné cualquier cosa y regresé a mi habitación. Tus lentes sobre la mesa de noche, adornando su madera con su delgada pasta y su femenina figura. Me pregunto cómo podrás ver el parque sobre el cual siempre veíamos los atardeceres montados en una colina llena de pasto. Tus cartas me estovaron debajo de mi cama y tuve que moverlas para sentirlas estorbarme en el ático.

En el ático pasamos muchas veces. Antes era el lugar donde nos reuníamos. Cálido, con velas y luz tenue; era excelente para las veladas privadas y con amigos. Hoy está empolvado y almacena recuerdos que se filtran por las tablas de la casa como si fueran humedad. De la nada, en el estudio, recordé la tarde cuando decidimos tirar la pared entre el cuarto previsto para algún hijo y el estudio para ampliarlo y poder los dos trabajar en el mismo lugar rodeados de libreros sin llenarse.

Hoy no puedo verte. Estás en la música y en las paredes. El silencio reina este hogar; la cocina sin tus canciones se vuelve vacía y sin sabor. Estás en todos lados y en ninguno. Me escondo y te encuentro en la obscuridad como antes. Pretendo que no estás, que has salido y regresarás por la noche; me miento y me hago creer que estás ahí. Estás pero no estás.

Estás en el aire; desapareciste en el aire.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

sábado 14 de noviembre de 2009

Ceci serait un post si je lui voudrais

Acá, Acá

Manuel Quiroz

La concentración de humo era insoportable. Pero más insoportable era la pretenciosa presencia de Manuel Quiroz. La muchedumbre de gente se le amontonaba para poder escuchar las descabelladas cavilaciones filosóficas y literarias. Le habían publicado un libro de poesía bastante malo el cual tuvo la –mala- suerte de convertirse en éxito literario del momento. La gente, fascinada por la completa falta de métrica, metáforas anodinas, y cacofónicas rimas, lo compraban como pan caliente y regalaban como dulces. Por todos lados se veía el nombre de Manuel Quiroz.

Se volvió económicamente solvente en unos meses. Cambió de los baratos cigarros de quince pesos por unos carísimos tabacos cubanos de sesenta pesos; de las jarritas de mezcal al whisky más caro; de su viejo barrio con casas sin acabado y tabique pelón al barrio colonial con edificios de piedra y casas con jardín central, colindante con una plaza muy concurrida. Ahora se le veía siempre rodeado de gente aduladora tomando café junto a la fuente acompañado de su cigarro. Ya eran pocas las veces que cargaba con el viejo cuaderno y la pluma con los cuales escribió ese terrible compendio de versos.

Pero no se confunda, Manuel Quiroz no era un mal escritor. Al contrario, era de los mejores. Sin embargo, tuvo la desfortuna de enviar el borrador equivocado a la editorial que lo descubrió. Todos sus demás textos habían sido rechazados. Escritos en doble espacio, revisados miles de veces, siempre regresaba una respuesta negativa.

Un día, revisando aquellos ejercicios de versos –porque uno aprende echando a perder- mal escritos, a la luz de la madrugada y desvelado, imprimió la transcripción de ellos, los cuales terminaron en el buzón aquella tarde. En realidad no los había transcrito por gusto, sino para recordarse como no debía escribir.


Ahora lo habían convertido en una estrella de la cual se esperaba el mismo tipo de filosofía y literatura barata la cual se había publicado. Variadas veces ha intentado mostrarle sus cuentos y novelas llenas de significado a sus editores. Ninguno de ellos ha gustado. Siempre le dicen lo mismo. A Manuel Quiroz no le ha quedado de otra más que resignarse y ser aquella figura de pensamientos baratos, pero muy comerciales.

Empieza a gustarle.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

jueves 12 de noviembre de 2009

La torre y el jardín

Detrás de mi edificio hay un jardín amurallado al cual tengo prohibido acercarme. La razón la desconozco. Vivo en un edificio que se construía en espiral. Un día, los obreros decidieron irse a otros lados. Nosotros vivimos aquí desde siempre, en uno de los pisos intermedios lejos de las corrientes de aire en las partes altas del inmueble. El jardín ha estado aquí desde antes que mi edificio, y mis padres juran de su impenetrabilidad. Algo pasó en ese jardín que fue terrible y el origen de todas nuestras desgracias.

Yo ya no intento jamás acercarme a la entrada sellada del jardín; los dos guardias, siempre armados, me atemorizan con su mirada penetrante. Sin embargo, la curiosidad me carcome. ¿Qué tipo de fauna y flora se deleitarán bajo el sol detrás de esa muralla pétrea? Sólo puedo imaginar especies fantásticas jamás vistas en esta ciudad en medio del eterno desierto.

Dicen que hace muchos años todos vivían aquí y hablaban un solo lenguaje; que mi edificio era un monumento espectacular para la gloria de los nuestros. Pero un día todos se marcharon y huyeron a otros lugares. Muchos siglos han pasado ya desde entonces, me dicen ellos, y ya todos han olvidado la antigua lengua; nadie recuerda ya mi hogar. Pero quedamos unos pocos descendientes de los fieles quienes jamás dejaron la esperanza y quienes todavía sueñan en alcanzar los cielos y poder ver el jardín atrás de la alta muralla negra.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

martes 10 de noviembre de 2009

Borchácalas escribe

Leer y escribir es aquello que más deseas en este día atemporal –porque en los días nublados sólo existe el día y la noche. Sin embargo, es lo que menos puedes hacer. Pareciera que tu bloqueo aumenta en cada momento que uno lo enfrenta. Las palabras son torpes. Te has reducido a simplemente hacer ejercicios literarios: descripciones y metáforas baratas. La invención no es lo tuyo –no eres bueno-, la descripción te sale peor –eres bastante malo-, y los versos te están vedados –no deberías siquiera saber leer.

Pero esto no es obstáculo. Lees consejos desalentadores de un autor suicida y te das el tiempo para no seguir dichos consejos. Después de todo, él se volvió loco y los locos jamás han sido buenos escritores, ¿qué puede saber él de escribir? Como si la enfermería militar tuviera algo que ver con la literatura. Mejor lo tomas con ánimos y buena gana el espíritu de leer dichos consejos e intentas imitar el estilo del erudito.

Fracasas. Fracasas como jamás lo imaginaste. Claro, como hacer tanta referencia intelectual a un texto si no tienes siquiera una milésima parte del conocimiento necesario. Eres un ignorante y deberías dedicarte a apartar lugares para los coches en esta ciudad.

Aún así, decides mostrarle al mundo el terrible resultado de tus textos. Tal vez algún día quién de consejos seas tú. De cualquier manera, seguirás escribiendo mal.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

lunes 9 de noviembre de 2009

El pescador

Había una extrañeza en el aire. En esa atmósfera casi líquida uno apenas si podía desenvolverse en la naturaleza. La mañana estaba fría y no había nadie a la redonda. Se encontraban solos él, el lago y el bosque a sus espaldas. Vencido por la niebla, un fuego se apagaba entre un círculo pétreo.

Oliendo el humo del recién extinto fuego se dijo: —Los peces también se han esfumado.

Con tristeza, emprendió el camino de regreso a casa.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

sábado 7 de noviembre de 2009

Sentido Común

En una tarde como esta, las campanas de la iglesia comenzaron a doblar. Es difícil saber si fue ayer, hace un mes, hace un año, hoy o si será mañana. Esa misma tarde, alguien decidió encasquillar -sin saber que encasquillaba- una pistola con la esperanza de tener mayor fuerza destructiva en un disparo. El tiro salió por la culata.

El pueblo confundió el significado del redoble de las campanas. Dejando sus casas sin cobijo, salieron a la helada calle a ver la marcha funeraria del pobre diablo quién ahora llevaba un inservible cerebro de plomo.

El pueblo lloraba. Sin embargo, lloraban por la razón equivocada. Las campanas esta vez no doblaban por ellos.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

viernes 21 de agosto de 2009

El cínico

Vives en un permanente estado de estupidez. El mundo gira con la incongruencia como centro. Lo bueno es lo malo y lo malo es lo bueno. Vives en la sociedad flexible donde las posibles morales son válidas ante distintas situaciones. Crees en la fidelidad cuando te conviene y cuando no la deshechas como inútil artificio del hombre civilizado. Inventas nexos a logísticas cuya función es escudarte de la realidad en donde te manejas de distintas maneras. Te persignas mientras sodomizas a una muchacha que llora. Dices creer en la demostración mientras te haces una limpia en Coyoacan.

Vives y no vives. Vivir es encontrarte y seguirte a ti mismo. Tu paradoja reside en haberte encontrado a ti mismo como representante de una generación que no se quiere encontrar jamás. La generación inconstante que aprendió la hipocresía como manera de vivir. El cínico es tu verdadero ser integro.

El cínico no se avergüenza de sus acciones. Lo presume y decide sus gustos por medio de aceptarlas. Se enorgullece de todo porque todo lo ha llevado a su lugar. Se encuentra a través de empirismo. La acción a demostrarse después; la proposición fuera de la norma que lleva a un nuevo conocimiento ontológico. El cínico es la última representación de la honestidad –y la honestidad no puede ser si no existe violentamente- pura y sin decoros. Simple como debe ser y sin edición.

El mundo depende del cínico para salvarse de ti, hipócrita ser y de todos tus allegados. El cinismo es la aceptación propia del ser. Mientras el ser se acepte, podrá aceptar su realidad al no vivir en una ilusión.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

martes 14 de julio de 2009

Mil veces te perdí

Mil veces te he perdido; de mil maneras te he visto partir. Cada una de tus fugas las sé revivir y cada regreso es incierto. ¿Te has ido o jamás has regresado? Viviendo en la expectativa de lo incierto de tu estado. En mis manos se acumula el odio y rencor de cada una de esas veces. La ira incontrolable que toma control. La sangre corre por mis sienes y las lágrimas inciertas no se atreven a correr. Un dolor me inunda con una escena ante mis ojos.

Mil veces te he perdido y jamás había sido tan cierto. Tantas veces que tus manos recorrieron mis pechos y que nuestras piernas se enredaron. El sudor de cada uno mezclados y olorosos. Incontables veces mi sangre corrió como la tuya y tus manos me dieron la tuya. Tantas veces entre mis muslos gemiste y tantas veces a mis ojos recitaste tus incansables palabras. En tu cuarto o en el mío; en los viajes y en los libros, tuvimos tantos encuentros pero mil veces te he perdido.

¿Confiarías en mí nuevamente? ¿Me atreveré a confiar en ti? De todas esas veces, la primera y última siempre fueron las más dolorosas. Una por imprevista, la otra por ser siempre nueva. Heridas sangrantes como las abiertas en mis piernas cada vez que te albergaban. Tu aliento fue aquello permanente y fiel, siempre en mi boca no importando tu partida. Tu olor en mi nariz, tu saliva en la mía. En brazos de mil mujeres te vi pero siempre tuve tu aliento. Brazos vacíos, no como los míos. Pechos y cabelleras cualquieras, capaces de entregarse a cualquiera.

¿Cómo contener el llanto si la última vez ha sido definitiva? Palabras dedicadas tal como fueron dedicadas para mí. Tu aliento desvanecido pues me ha abandonado y tu mirada ya no habla conmigo. Mis pechos solitarios gimen por tu ausencia pesando aún después de largo tiempo. Mis manos todavía intentando palpar tu cuerpo que yace junto a otra a la que ahora amas. Cada palabra sorda punza en mi cabeza y la sangre hierve. Ira y desesperación. Mi cuerpo tiembla de furia.

Mil veces te perdí, pero esta será la última. Entre las sombras me escabulliré y entre sueños atacaré. Mis manos tocaran tu cuerpo, tu cuerpo temblara ante el mío como antes. Te tendré entre mis piernas y ella se desvanecerá por siempre. Mi sangre hervirá con la tuya, se volverán una. Nuestra sangre correrá por mi vientre y el tuyo. La veremos vaciarse de nuestros cuerpos mientras intentas tomar bocanadas de aire ahogadas por la sangre tuya y mía. Tus ojos verán los míos y por primera vez entenderán mi alma y su pesar. Tus palabras sordas no serán articuladas, pues en el último suspiro, mil y una veces te perdí. Y una sola vez me perdiste tú a mí.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

miércoles 8 de julio de 2009

Mis noches con ellas

La veo ahí tumbada, sollozando y desnuda. Me dan ganas de volverlo a hacer pero no lo haré. Ella no tiene la fortaleza para darme la satisfacción. Ya nunca la tendrá. Como un pañuelo a medio usar, la descarto. Podría volverse a usar, pero no sería tan efectivo como la primera vez; la sangre tanto en ella como en el pañuelo es evidencia de ello.

Que delicia la de sacar un pañuelo nuevo de su caja, olerlo y guardarlo en la bolsa interna de la gabardina. Sentir el pañuelo palpitar, insinuársete con cada paso y las eternas ansias de querer usarlo. De súbito, te sangra la nariz y finalmente puedes estrenarlo. Con alegría retiras el pañuelo de su escondite y te deleitas en limpiarte la nariz. Detienes la hemorragia y al llegar a tu casa se lo das a la sirvienta a que lo lave. Al día siguiente el pañuelo vuelve a ser usable, pero ya no será el mismo deleite su uso.

Lo mismo pasa con ella. Después de haberla tenido, ya jamás será lo mismo. No volverá a gritar pidiendo ayuda mientras la hago presa contra la pared. Su lucha no será tan deleitoso y sé que jamás volverá a intentar rasguñarme –esos deliciosos rasguños cuya función es sacar mi animal interno, la bestia. Su lucha será menor con cada intento y llegará el día en que lo tome con resignación. Eso, es algo que no puedo permitirle. Sus alaridos, su fuerza, su llanto mientras me postro en ella y le tomo los brazos. Sus mordidas mientras la beso y sus pataleos, todos sólo tan vigorosos la primera vez.

La segunda vez podría ser parecido, pero queda algo de resignación. Ella ya habrá sangrado y llorado. Incluso será algo esperado para ella. ¿Cómo tomar el espíritu de alguien que ya se ha roto? Es imposible. El goce es ver el desgarre de su alma como de sus tejidos.

Nunca es más de una vez. Siempre me doy el lujo de recordar lo acontecidos minutos antes. El olor a sangre que inunda el cuarto, los sollozos y lamentos; la tenue luz que alumbra el cuarto; las sábanas manchadas y arrugadas. Lo grabo en mi memoria, desde el primer esfuerzo de ella hasta el último mío. Moreteada y magullada, siempre en posición fetal.

Es entonces cuando dan la última batalla. La batalla por la vida en el momento que descargo mi odio poco a poco en su cuello. Mis manos sienten el palpitar mientras mis piernas sienten el retorcerse de su cuerpo. La última batalla. Mi odio fluyendo de mis manos a su cuello a sus piernas a la muerte. En sus ojos un grito de ayuda buscando una pizca de compasión en mi ira. Un grito en vano.

Poco a poco el esfuerzo empieza a ceder y desvanece. Su cuerpo se marchita y con él, un poco de mi odio eterno.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

viernes 29 de mayo de 2009

Realidad de pesadilla

Insomnio y melancolía inexplicables emergen con la pesadez de los párpados. No quieres dormir. En tus sueños aparecen tus peores temores. Te aquejan las pesadillas incontrolables. Tus sentimientos desbordantes te incitan a gritar y explotar en cada uno de tus sueños. Represión e ira incontenibles se apoderan de tu voluntad en ese mundo siempre lleno de bruma y desnudez. Un mundo frío y húmedo es el de tus sueños donde aparecen ellos y ellas.

El silencio en esos sueños es apremiante. Existe la telepatía y sincronización de labios. Los metales siempre oxidados, la pintura carcomida, ventanas sucias, gente demacrada. La desesperación en tus sueños también te persigue. Tus anhelos siempre se ahogan mientras tú solamente logras observar el hundimiento de tu vida ante tus ojos dentro de este mundo de niebla.

Huyes con tu alma de ese mundo. En vigilia constante los parpados pesan, tu humor varía y todo empieza a tener una tonalidad pálida. El sonido se atenúa y las luces dejan de brillar. Olvidos y distractores se apoderan de tu mente. Buscas entumecerle a cualquier precio.

Pruebas de todo y nada la entumece, y la luz empieza a atenuarse. Los sonidos siguen disminuyendo mientras los colores se vuelven a escala de grises; se deslavan. Escuchas gritos y regaños. Sabes de su existencia pero no llegan a tus oídos. Te mantienes quieto y callado mientras la adrenalina sube por tu cuerpo. Las ganas de gritar y llorar emergen de lo más profundo. Desesperación y represión son los únicos factores reales. Muerte –la de ellos- y liberación –la tuya- son conceptos circundantes en tu mundo.

La neblina cae sobre la realidad y de golpe te das cuenta de lo acontecido. Todo se vuelve irreal y ya no logras enfocar la vista. Tus pesadillas son ahora tu realidad. El sueño y el mundo real son uno y ya no tienes escape, aunque duermas o consigas vigilia, lo más temido por tu ser ha arribado. Vives en tu pesadilla y no sabes siquiera gritar.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

martes 26 de mayo de 2009

Amistades casuales

Disculpe usted siéntese aquí
en este lugar ¿sabe? me he estado
preguntando cómo se podría llamar
hasta la edad que tiene y uno
que otro dato más
seguro, es a usted a la que
le hablo, verá:

[…]

Pero falta esté de acuerdo
la invito a almorzar, una comida
una merienda, un café nada más
lo que prefiera o casi todo menos
escapar, hoy que por fin me la he
encontrado y he empezado a hablar.

¿De qué se ríe? ¿Qué dije hablar?
Bueno, suponga que hablo un poco
más que a los demás
no siga riendo es un problema
serio y soledad ¿qué dice de
la historia? ¿Le falta el final?
venga conmigo, la ayudo a parar
deme, es pesado, yo lo llevo
vamos por acá, tome mi mano y no
se olvide de tomar con la otra
el barandal.

Seguro me la imaginé
tan linda y delicada como usted
o mejor dicho es sólo un modo
de llamar por acá, a la sonrisa
que en su risa me acabé
de hallar.

Fragmento ‘El abordaje
Fernando Delgadillo

Es ingenuo intentar hablar y socializar con extraños hoy día. Es sueño de muchos tener un encuentro en un transporte público. Sin embargo, la partida receptora de dicho abordaje jamás lo toma a bien. Son escasos los casos donde alguna relación ha nacido de un encuentro en un microbús. Se vuelven casos de acoso cualquier intento de contacto social. Unas palabras, miradas e incluso una sonrisa inocente es causante de incomodidad. Paranoica, la sociedad ha decidido no tener contacto con ningún tipo de extraño en vía pública, mucho menos en un lugar como el metro. Ha muerto la vieja costumbre de enterarse, boca a boca, de los acontecimientos de la ciudad. Si no ocurre nada fuera de lo común, no es menester hacer contacto.

Individuales, caminamos por una ciudad y nos transportamos bebiendo las miradas apuradas de la gente. Se detiene uno un momento y admira un bello par de ojos solitarios. Gritan por compañía pero destrozaran cualquier intento de algún extraño por romper su soledad con buena voluntad. Endurecidos por una eterna inseguridad, caminamos con nuestras soledades entre la multitud buscando aquellas miradas esperanzadoras a las cuales no podremos alcanzar. Fallamos en nuestros intentos de mezclarnos en multitud; nosotros mismos destrozamos cualquier oportunidad presentada ente nosotros. Timidez y miedo mezclados con sentimiento de inseguridad: tras de una mirada amigable creemos se encuentra una voraz mente capaz de cualquier cosa por un par de pesos más.

Cuidamos nuestros materiales y descuidamos el alma. Amistades fugaces de un viaje en metro fumigadas y extintas por una ciudad paranoica. Ciudad, temblorosa en actitud, se sacude violentamente de todas las sensaciones y confesiones; de la seguridad y las nuevas amistades.

Ingenuo eres Fernando. Ya nadie acepta un café ni una mano amiga para ayudar a un ligero cuerpo bajar de un autobús. Incluso si no deseas más allá de una conversación casual.

Andrés Sierra Gómez Pedroso