Terminas tu tamal verde. La exquisita masa humeante bañada en ese líquido verdoso el cual envuelve al pollo deshebrado se ha esfumado. Sus cinco o diez minutos de gloria –dependiendo de qué tan glotón sea uno. Se sienta uno y se reclina dependiendo del caso. Habrá gente que tenga prisa, coma en la calle y después de esto se coma un chicle para aliviar el aliento; otros simplemente llevarán prisa. Estos dos no experimentaran la experiencia a continuación narrada. Es la persona que come ese tamal verde con calma, en la comodidad de un asiento quién la disfruta –o sufre. Como es bien sabido por todos, la salsa verde lleva las semillas del tomatillo. Aquella fruta verde comúnmente confundida con una fruta por razones históricas y carencia de sabor excesivo de azúcar, contiene unas pequeñas semillas. En el proceso de hacer una salsa, se muelen los chiles con el tomatillo, la cebolla, el epazote, perejil y, para el caso de los tamales, se cuece el molido. En ningún momento se retiran estas semillas de ninguno de los elementos si uno quiere tener buena salsa. Habrá algunos que lo muelan a mano, otros más modernos lo licuarán. El sabor más bien radica en cantidades.
Después de haberse cocido y preparado el tamal con el guisado de pollo en salsa verde, se ingerirá por algún glotón despreocupado con bastante tiempo en manos. Se tomará su tiempo en saborear bocado a bocado la salsa caliente mezclada con la masa. El atole es buen acompañante, pero no esencial para este relato. El tamal finalmente se habrá agotado y tendremos a un comensal despreocupado, lleno y feliz, esperanzado a perder sus siguientes minutos en el ocio mientras su estómago hace digestión a la masa de maíz.
En el ocio, usted, comensal glotón, paseará su lengua por su boca. Recorrerá los cachetes, los labios, los dientes de atrás para adelante por las paredes internas de los dientes, por la parte externa y finalmente por las coronas de las muelas. Es ahí donde encontrará las semillas del tomatillo contenidas en la salsa. Se encontrara una semilla por muela a lo mucho. Jamás habrá dos, pues una ocupa todo el espacio libre dentro de la muela, dejando cualquier otra semilla sin la posibilidad de incrustarse. El objeto intruso debe ser remediado por el comensal glotón.
Primero empieza con un suave movimiento de lengua sobre la semilla, pero esta dará su batalla y jamás se moverá de ahí al primer instante; de otro modo, no sería divertido y esta anécdota perdería todo sentido. Se tallará con un poco de fuerza una cuantas veces más sin lograr nada. Después de convencerse de su fracaso con este método, recurrirá a intentar escarbar con la punta de la lengua el pequeño objeto de no más de dos milímetros de ancho. Si tiene suerte, logrará sacarla con este movimiento, pero las probabilidades van en contra de él. Girará su cabeza entonces hacia el lado de la mandíbula en el cuál se encuentre la semilla, sin razonar la inutilidad de este movimiento. Pueden pasar minutos con el comensal en este forcejeo con combinación de técnicas, y algunas veces tendrá éxito. Si no, recurrirá a algún objeto puntiagudo como un tenedor, la punta de un cuchillo o un palillo para retirar la semilla.
Después de esto, viene un segundo forcejeo. El glotón no puede desperdiciar nada de comida y por lo tanto debe ingerir esa semilla. Sin embargo, sería muy glotón si la tragara completa. Debe ser masticada. Pero la semilla se defenderá con su naturaleza de coraza dura, redonda y pequeña. Si se le intentara morder con los dientes, bailaría de un lado a otro de su boda; los colmillos son inútiles y el uso de las muelas sólo lo regresarían al primer forcejeo. Así que prosigue a bailotear la semilla con los dientes en un burdo intento de partir la semilla de modo que sea masticable. Usará la lengua como apoyo para mantener fija a la semilla, pero será inútil: la lengua es suave y resbaladiza. La semilla pasará por varios pares de dientes, fallando en ser molida en cada uno de ellos. Saldrá disparada pegando entre los labios, los cachetes, las encías. Intentará esconderse sin lograrlo, su lengua siempre la va a encontrar –después de todo, los glotones conocen mejor el interior de sus fauces que su propia cara. Pasarán varios minutos hasta que el glotón pierda interés, meta su dedo a la boca, fije la semilla y finalmente la rompa entre sus dientes, lista para intentar masticarla con dos machacones de muelas y desaparecer en un trago de saliva.
Terminando esto, buscará otra semilla. Si la encuentra repetirá el mismo procedimiento; sino, tomará un vaso de agua, leche, jugo o atole, se limpiará la boca, y se tumbará a dormir una siesta.
Andrés Sierra Gómez Pedroso