Ponga usted que le da su número telefónico a una mujer en un aire de optimismo. Suponga que esto no es algo tan espontáneo, sino algo ya previamente pensado gracias a pequeñas sonrisas que ha usted intercambiado con dicha persona. Ha sido por un par de semanas, pero definitivamente no todos los días, pues en realidad pocas veces han cruzado miradas comparado con la cantidad de veces que ha usted visto a un amigo cercano. En realidad, se han visto usted y ella unas cuatro veces –usted tal vez la ha visto más puesto que pasa por donde ella se sitúa por lo común, pero no siempre tienen la bondad de poder compartir por largo tiempo el mismo espacio-, pero esas veces han sido las suficientes para que usted pueda creer que darle su número es una opción viable. Y es que usted debe asumir que esas miradas y sonrisas son realmente cálidas y honestas; que el trato que se tienen, aunque esporádico, es diferente al común.
Imagine usted que ella le parece en verdad distinta, sin que realmente pueda decir porque. Será esta la razón por la cual usted considerará que el trato le gustaría que fuese más que esporádico, más allá de su espacio confinado por algunas horas y de donde ella no puede sino ser cómo se le dicta dentro de ese espacio. Entonces tal vez usted querrá saber si el trato cálido es sólo cosa del lugar o si en verdad ella le gusta sonreírle a usted sin decoro. Entonces usted querrá saber un poco más de ella y entonces pondrá atención a lo que ella platicará con sus iguales y lo que ellos a su vez le contestan. Desmenuzará usted los movimientos que ella tiene en dicho lugar, con las demás personas, sus iguales, sus superiores, sus inferiores, sus distintos, sus algo. Habrá usted de aguzar el oído para poder distinguir a lo lejos cómo es el tono de su voz y así saber con certeza el estado de ánimo de ella. Usted hará todo esto por verdadero interés, pero tenga usted cuidado de mencionarlo a los demás, ellos pensarán que usted es alguien de quién preocuparse.
Usted entonces pensará en algún pretexto, basado en la información que ha obtenido de los iguales de ella con preguntas sutiles –o al menos eso creerá usted-, para poder abordarle de una manera sin deferencia, casual, que vaya más allá de las normas que le han establecido tácitamente el tiempo y lugar donde coinciden únicamente. Pensará cuales deberán ser las palabras exactas y correctas, su postura y tono de voz. Es de suma importancia que usted tenga en cuenta cuando hacer contacto visual: debe usted verla a los ojos, pero no a través se sus anteojos, sino por encima de ellos para que este sea directo y contundente. Repasará los movimientos de sus manos, de sus cuerpos. ¿Estará usted sentado y ella de pie? ¿Viceversa? ¿Los dos de pie? Debe tener en cuenta todas las posibilidades para saber cómo improvisar.
Cuando tenga usted ya todo aclarado esperará al momento indicado, ese que ya ha previsto. Actuará con naturalidad, a veces incluso con un poco de indiferencia al mundo, pero jamás a ella. A ella le hará notar que le pone atención, pero que sólo cuando esta es requerida. Para esto habrá de fingir que realmente no le está poniendo atención en todo momento, sino que tiene otras cosas más importantes a hacer como son escribir en su cuaderno o leer. De este modo ella notará que no es el centro del universo, pero que usted se da el tiempo de incluirla en su atareada jornada de introspección. Esto, es evidente, será pura fachada, pues en realidad usted no estará más que con el corazón temblándole en la garganta y sin poder poner atención a otro pensamiento que no sea ella. Pero esto ella no debe notarlo, cualquier falla hará que ella crea que usted no es más que un obsesivo que pudiera secuestrarle en cualquier momento.
Ensimismado en estas líneas de pensamiento, notará que ella empieza a abandonar el lugar y que no parecerá que tenga intenciones de regresar. Entonces entrará usted en pánico pues no tenía esta situación contemplada y arruinaría sus planes. Saltará usted de su lugar, dejando todas sus pertenencias ahí mismo y correrá en su búsqueda. La verá usted de lejos y tendrá que apresurar el paso si querrá alcanzarla. Lo logrará y llamará su atención de una manera poco sutil, al contrario de lo que usted tenía planeado. Verá usted cómo ella volteará con sobresalto. Masticará usted algunas palabras que ella esgrimirá con una argumento que las refutará y dejará en ridículo el pretexto que usted tenía pensado para darle su número. Con torpeza le extenderá un pequeño pedazo de papel que tendrá su nombre y número para que ella lo tome. Lo tomará con timidez, lo verá con extrañeza y entonces los dos se irán en direcciones opuestas. Regresará usted a su lugar y el resto de lo que suceda ya no importará.
Suponga usted que le ha dado su número telefónico a una mujer con todo el optimismo posible. Pero sabe usted que ella no marcará. Se dirá usted que ella puede que no marque porque tiene ya un novio, porque no le ha entendido a los garabatos que pretendían ser números, porque se le ha perdido o tal vez porque esté esperando a un momento mejor para marcar. Tal vez, piense usted, ella no quiere verse muy impaciente y está planeando qué le dirá y el tiempo adecuado para marcarle. Tiene usted muchas teorías que serían válidas asumir y que no serían del todo extrañas ni podría usted culparla si ella tomara dichas medidas. Pero sabe usted en realidad que ella no marcará por el simple hecho de que la ha sobresaltado y ha dejado una impresión poco favorable en ella. En realidad no importa, porque usted lo único que quería era abrir la posibilidad entregando su número telefónico a una bella muchacha.
Andrés Sierra Gómez Pedroso
Imagine usted que ella le parece en verdad distinta, sin que realmente pueda decir porque. Será esta la razón por la cual usted considerará que el trato le gustaría que fuese más que esporádico, más allá de su espacio confinado por algunas horas y de donde ella no puede sino ser cómo se le dicta dentro de ese espacio. Entonces tal vez usted querrá saber si el trato cálido es sólo cosa del lugar o si en verdad ella le gusta sonreírle a usted sin decoro. Entonces usted querrá saber un poco más de ella y entonces pondrá atención a lo que ella platicará con sus iguales y lo que ellos a su vez le contestan. Desmenuzará usted los movimientos que ella tiene en dicho lugar, con las demás personas, sus iguales, sus superiores, sus inferiores, sus distintos, sus algo. Habrá usted de aguzar el oído para poder distinguir a lo lejos cómo es el tono de su voz y así saber con certeza el estado de ánimo de ella. Usted hará todo esto por verdadero interés, pero tenga usted cuidado de mencionarlo a los demás, ellos pensarán que usted es alguien de quién preocuparse.
Usted entonces pensará en algún pretexto, basado en la información que ha obtenido de los iguales de ella con preguntas sutiles –o al menos eso creerá usted-, para poder abordarle de una manera sin deferencia, casual, que vaya más allá de las normas que le han establecido tácitamente el tiempo y lugar donde coinciden únicamente. Pensará cuales deberán ser las palabras exactas y correctas, su postura y tono de voz. Es de suma importancia que usted tenga en cuenta cuando hacer contacto visual: debe usted verla a los ojos, pero no a través se sus anteojos, sino por encima de ellos para que este sea directo y contundente. Repasará los movimientos de sus manos, de sus cuerpos. ¿Estará usted sentado y ella de pie? ¿Viceversa? ¿Los dos de pie? Debe tener en cuenta todas las posibilidades para saber cómo improvisar.
Cuando tenga usted ya todo aclarado esperará al momento indicado, ese que ya ha previsto. Actuará con naturalidad, a veces incluso con un poco de indiferencia al mundo, pero jamás a ella. A ella le hará notar que le pone atención, pero que sólo cuando esta es requerida. Para esto habrá de fingir que realmente no le está poniendo atención en todo momento, sino que tiene otras cosas más importantes a hacer como son escribir en su cuaderno o leer. De este modo ella notará que no es el centro del universo, pero que usted se da el tiempo de incluirla en su atareada jornada de introspección. Esto, es evidente, será pura fachada, pues en realidad usted no estará más que con el corazón temblándole en la garganta y sin poder poner atención a otro pensamiento que no sea ella. Pero esto ella no debe notarlo, cualquier falla hará que ella crea que usted no es más que un obsesivo que pudiera secuestrarle en cualquier momento.
Ensimismado en estas líneas de pensamiento, notará que ella empieza a abandonar el lugar y que no parecerá que tenga intenciones de regresar. Entonces entrará usted en pánico pues no tenía esta situación contemplada y arruinaría sus planes. Saltará usted de su lugar, dejando todas sus pertenencias ahí mismo y correrá en su búsqueda. La verá usted de lejos y tendrá que apresurar el paso si querrá alcanzarla. Lo logrará y llamará su atención de una manera poco sutil, al contrario de lo que usted tenía planeado. Verá usted cómo ella volteará con sobresalto. Masticará usted algunas palabras que ella esgrimirá con una argumento que las refutará y dejará en ridículo el pretexto que usted tenía pensado para darle su número. Con torpeza le extenderá un pequeño pedazo de papel que tendrá su nombre y número para que ella lo tome. Lo tomará con timidez, lo verá con extrañeza y entonces los dos se irán en direcciones opuestas. Regresará usted a su lugar y el resto de lo que suceda ya no importará.
Suponga usted que le ha dado su número telefónico a una mujer con todo el optimismo posible. Pero sabe usted que ella no marcará. Se dirá usted que ella puede que no marque porque tiene ya un novio, porque no le ha entendido a los garabatos que pretendían ser números, porque se le ha perdido o tal vez porque esté esperando a un momento mejor para marcar. Tal vez, piense usted, ella no quiere verse muy impaciente y está planeando qué le dirá y el tiempo adecuado para marcarle. Tiene usted muchas teorías que serían válidas asumir y que no serían del todo extrañas ni podría usted culparla si ella tomara dichas medidas. Pero sabe usted en realidad que ella no marcará por el simple hecho de que la ha sobresaltado y ha dejado una impresión poco favorable en ella. En realidad no importa, porque usted lo único que quería era abrir la posibilidad entregando su número telefónico a una bella muchacha.
Andrés Sierra Gómez Pedroso






