lunes, 4 de junio de 2012

Fragmento #6

Tal vez deba empezar a considerar que no estoy hecho para estar con alguien sino que soy de esos eternos solitarios que no pueden soportar demasiado tiempo la compañía. Incluso podría ser el caso opuesto de aquella gente que no sabe vivir si no está con alguien: yo no sé vivir acompañado. Y es una cuestión de confianza, de dar falsamente.

Es bisutería lo que entrego porque siempre hay algo que nunca doy, siempre hay algo que falta. Porque nunca cuento las historias completas y hago de todo un cuento con personajes falseados en rasgos, y veo en todo mundo y en toda historia un recurso para algún cuento, y no me tomo jamás a nadie en serio ni tengo respeto por nadie y entonces los escucho como si fuesen historias a desmenuzar –y es fácil desmenuzarlas- y nada más. Pero sé que para que den sus historias, yo debo fingir dar la mía, y doy algo genuino, pero incompleto. Doy muestras gratis de supermercado sin poner el producto en venta. Es la vida maquillada, el eterno secreto de uno mismo porque uno no debería contar nada porque contando se olvida uno de las cosas. Si contase mi vida sin escrúpulos me olvidaría de mi mismo y no sabría quién soy y me gusta quién soy. Así que me gusta siempre más quién soy yo a quiénes son los demás y me niego a dar el intercambio completo. Soy un parásito emocional, que absorbe de los demás aquello que le conviene, que le gusta, que lo nutre sin dar jamás nada genuino.

Es el eterno embuste de cambiar espejos por monedas de oro. Y eso es justo lo que hago, porque la mímica es la mejor manera de aparentar que uno está dando, reflejar y modificar la conducta para parecer un reflejo de la otra persona. Observarlas y absorber sus tratos para reflejarlos y que sigan mostrándose como son sin que uno jamás tenga que dar nada. Y darse como espejo solamente. El problema del espejo es que nadie nunca sabe cómo es realmente a pesar de mostrarse siempre desnudo. El espejo miente: se muestra y no lo hace a la vez.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

domingo, 27 de mayo de 2012

De Ladrón de dinosaurios

Hace poco fue el Vive Libro 2012. Como siempre, hubo un intercambio ñoño de libros y las expectativas sobre qué irá uno a recibir y qué irá uno a dar. Nunca falta esa sensación de si uno irá a regalar acorde con lo que le han dado. Es algo parecido a una justicia de lectura, un equilibro en las letras. Así que mientras yo estaba regalando un par de libros, que di a alguien a quién no me correspondía darle pues quién sí era la receptora verídica de mis compras había decidido faltar al evento -¡oh, congoja y desastre!-, yo recibía de Evelia dos libritos. Uno llamado La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa de Robert Darnton y Ladrón de dinosaurios de Eric Uribares.

He de decir que normalmente soy renuente a los escritores contemporáneos. Desconfío porque ya he leído demasiado sobre gente tirada en un departamento, sola y borracha. O con compañía, borrachos. O teniendo sexo decadente borrachos. O tirados en la acera borrachos. O sufriendo por un amor que nunca cuentan ni cómo fue mientras están borrachos. O de la decadencia del mundo y el gran vacío que nos ha dejado esta sociedad neoliberal posmoderna donde ya nada vale y siempre nos vemos engullidos por el consumismo y del alcohol borracho. O una mezcla de los anteriores. Sin embargo, leer el Ladrón de dinosaurios de Uribares me supo bien y no va de nada de lo anterior.

El libro consta de diez cuentos. Entre ellos, uno puede encontrar taras que los escritores tienen, la vida que gira alrededor de ellos, el impacto que tienen sus excentricidades entre los que los rodean. Las historias, sin embargo, no deben pensarse como una manera de mostrar superioridad intelectual por parte del autor. Si bien muchos cuentos hablan sobre escritores famosos o personalidades públicas, los cuentos funcionan incluso si les cambiásemos el nombre a Rulfo o a Monterroso. La historia sólo los utiliza como manera de encanto, de un guiño hacia el lector. Lo importante no es esa personalidad, sino la historia que está girando alrededor suyo, de aquellos que lo rodean.

Sí, nos muestra de cierto modo una faceta que los escritores muchas veces no quieren contar. No nos quieren contar que su gran inspiración viene de un ser insignificante, o que “un par de pezones inspiran pero desconcentran”, o que a veces simplemente uno se ve tan envuelto en su trabajo que compara las estrías de su mujer candente con el texto que empieza como una novela y termina siendo un cuento muy corto. Nos muestra esa parte que el escritor roba las historias, como cuenta en Ladrón de dinosaurios, pero que la historia es de quién la trabaja.

Leer estos cuentos de Uribares me dejó con un sabor a esa escritura que pareciera que ya no se hace. Si hubiese de compararlo, diría que me supo un poco a José Emilio Pacheco o a Ibargüengoitia. No por que el autor haya querido parecerse a ellos, sino porque en su escritura hay juego. El autor juega con las letras sin querer sonar muy solemne. Tampoco pretende ser falsamente rebelde. Al contrario, su escritura se siente natural, libre, hay varios pasajes que te sacan una risa y muchos otros que simplemente te frustran. Y todo esto se lee sin que parezca que se haya querido forzar la escritura en ello y, al final, todo cuaja.

Yo, en lo personal, me quedé contento. Espero que a Eric Uribares le vaya aún mejor ahora que está escribiendo una novela y que, una vez fuera, la disfrutemos tanto. Por lo mientras, les dejo una foto con mi copia firmada por el autor.

Mi copia firmada
Andrés Sierra Gómez Pedroso

Sueño número 1532

Un edificio viejo de departamentos húmedos y con olor a cloro. Un edificio amarillo (o tal vez gris) con alberca junto a la entrada. Una alberca de un azul (o tal vez gris) profundo, con los canales pintados de azul marino (o tal vez gris más fuerte). Un edificio donde vivimos unos pocos y acabamos de mudarnos a ese lugar. Un edificio con vestidores y una alberca pública de donde no salimos jamás. De los vestidores a la alberca, de la alberca a los vestidores.

Primero, una alberca vacía, después, llena de conocidos y extraños que la invaden. Van y aprenden con profesores y no nos permiten a los residentes del edificio amarillo (o gris) usar el agua. Chapotean, se lanzan de la fosa de clavados, bailan zumba y practican esgrima en los vestidores. Una conocida lleva un machete profesional para practicar esgrima y me pide ayuda para enfundarlo. Va vestida toda de azul (o gris). El machete tiene hoja también azul (o gris, puede ser también) que refleja la luz. Su hombre va vestido de la misma manera. Después, los escucho discutir y mi nombre aparece en la discusión cuando yo no me encuentro presente. Ellos también son invasores.

Es momento de dejar detrás la alberca. En los vestidores, más compañeros que no viven en el edificio amarillo (seguro es gris todavía), se bañan y conversan sobre una compañía de cartas educativas ya desaparecida hace mucho tiempo. Se visten y un par de ellos me acompañan. Es de noche. Caminamos en dirección de nuestras casas, pues el edificio amarillo (o gris) se ha movido y ya no está junto a la alberca. Queremos tomar un atajo por un callejón, pero hay una construcción y todo está cerrado. Es un callejón sin salida, obscuro, húmedo y el miedo nos ataca. Rodeados de ladrillos rojos (Esta vez sí son rojos) y viejos, huimos del callejón con cierto pánico. El desasosiego nos asalta en la avenida.

Una compañera que pasea a su perro nos encuentra en la boca del callejón. Su perro tiene dientes filosos y sucios; me ve con odio. Me pongo inquieto y el miedo no se disipa, pues el perro me quiere morder y me lo dejan para cuidarlo. Lo llevo con una correa naranja (no gris) y lucho con miedo para mantenerlo lejos, pues me gruñe constantemente. Su dueña me ve con ojos de exasperación. Caminamos hacia su casa y entro primero para dejar a su mascota. En la mesa, otra compañera, casi calva, con apenas unos cuantos cabellos cortos que empiezan a crecer. No me observa, pero empieza a contarme algo que ha descubierto. Me voltea a ver y deja de narrar. Su semblante cambia a uno parecido al asco y me dice “Ah, eres tú”. Dejo al perro y entran mis compañeros al cuarto. Por debajo de la mesa, el perro y un gato me muerden las espinillas al mismo tiempo. Salgo del departamento. Un profundo sentimiento de tristeza y enojo me invaden.

En la calle, las farolas naranjas (sí, naranjas) contrastan con el negro de la noche. En un cruce, me encuentro a un viejo compañero que me ve con indiferencia. Cruzo con la luz verde (Verde brillante, no gris) de un semáforo. Cruzo y camino hacia mi edificio el cual, si fuese de día, ahora sí podría saberlo amarillo.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

jueves, 10 de mayo de 2012

¿Qué me ha traído hasta aquí?


Ahora que se ha marchado por siempre, me doy cuenta de lo fácil que nos acostumbramos a cualquier situación y nos olvidamos de nuestros modos anteriores de vida tal que ya no sabemos vivirlos nuevamente cuando se nos regresa abruptamente a ellos. Ya me he desacostumbrado a estar solo, ya no se me ocurre con tanta facilidad que hacer en los ratos libres porque mis ratos libres, aunque fuesen silenciosos y vacíos de acción, eran de ella. Momentos en los cuales me dedicaba a admirar su cabello rizado, a enredar mis dedos en su maraña de cabello. De eso van los momentos cuando uno se acostumbra a la otra persona. La cotidianidad no es más que la observación de lo simple, y ella de cierto modo se volvió simple, se volvió cotidiana. Yo también me volví cotidiano para ella, y no le gusta lo cotidiano, no le gusta esa sensación de sólo estar, como si la vida fuese un bote en el lago que se mece ligeramente con el viento. Sólo estar.

Otra vez estoy solo. Ella se ha cansado y me ha abandonado. Lo veía venir. ¿Lo veía venir? Siempre está esa duda cuando uno comienza algo. La duda del tiempo que ha de vivir, el tiempo que tardará en caducar, en volverse polvo y que se lo lleve el viento. Preguntamos en cuanto tiempo, querida, francamente nos importará un carajo; en cuanto tiempo habremos de preguntarnos qué haremos, a donde iremos y a la otra persona no le importe nada de lo que pase con nosotros mientras pase lejos de ellos. Porque ese es el verdadero abandono, la indiferencia, el no volver a saber de la otra persona, la muerte definitiva de la cual no podemos regresar; perder una de esas pequeñas grandes partes que dimos para siempre y verlas desaparecer: morir, en otras palabras. Sí, morir de manera más intensa, más profunda. Morir y ver morir. Regresar a la soledad más muerto que antes, pues yo ya estaba un poco muerto antes de conocerla.

¿Qué me ha traído hasta aquí? No es mi primer abandono, no es mi primera muerte. Antes de conocerla, de pararme en su café, yo ya estaba muerto, solo. Vengo de algún lado, de una soledad que sabía disfrutar. Ahora, hundido en ella, me veo en la necesidad de volver a aprender a estar solo, de saber que significa. ¿Qué es un hombre solo? ¿Qué hace un hombre solo? Hombre solo despierta, hombre solo va a la oficina, hombre solo es posmoderno y yo soy ese hombre solo ahora. Ahora iré solo a todos lados y no he terminado de comprender, porque uno jamás termina realmente de comprender nada, qué significa estar solo, de qué va la soledad. Cada soledad ha sido una iteración más de la vida, una mujer, una soledad posterior a ella pero previa a otra mujer. Soledad entre mujeres, soledad entre compañías, soledad que nace y se instala y quiere suicidarse en presencia de meseras de cabello rizado, de bailarinas, de mujeres con faldas, de mujeres altas, mujeres bajas, mujeres delgadas, mujeres asesinas y veneno de mi soledad. Y mi soledad les compone una que otra línea que parecieran estar hechas por algún guatemalteco o madrileño famoso. Tal vez convendría matar la soledad en ese caso.

Y ellas no se preocuparon al dejarme solo. Siempre solo, siempre una historia con el mismo final. Una mesera, esta vez, fue quién me dejó solo. Esta vez, fue aburrición. Otras veces han sido hastío, otras mujeres, otros hombres, viajes, poco tiempo juntos, demasiado tiempo juntos, fantasías que arruinaron la perspectiva de la realidad, porque la fantasía siempre agrega expectativa a la realidad y esta nunca cumple. Vivir en la fantasía, vivir en el tal vez. Demasiado amor, poco amor, demasiado platónico, demasiado carnal. Cuando uno pierde los ánimos, encuentra cualquier pretexto, y cualquier pretexto es bueno para buscar una soledad, otro prospecto mejor dotado al que tenemos: escapar.

Y ellas han escapado o yo he escapado y nos hemos dejado solos, solos y un tanto muertos por dentro, un tanto decepcionados y preguntándonos, como lo hago ahora, la serie desafortunada de eventos que nos ha traído hasta el día de hoy, hasta esta nueva soledad que encontramos y que no sabemos cómo manejarla. Escapar del estado amoroso. Escapar por tantas razones pero escapar y siempre dejamos a alguien solo en nuestro escape. Escapar de la gente, abandonar a la gente. Pero del abandono nadie puede escapar. El abandonado está destinado a no poder escapar, a quedarse varado, estático, a naufragar en el mismo sitio, en su mente, en pensar qué nos ha traído a este desencanto. Porque quien abandona escapa al mundo y el abandonado se retrae del mundo. Y esta vez me tocó a mí ser el abandonado y verla huir, huir y escapar de mí.

¿Cuántas veces he yo escapado? He huido. ¿Cuántas veces he sido abandonado? Porque cada interacción es un escape o un abandono, sea de alguien que acabamos de conocer y queremos abordar o sea de aquella persona que presentamos en las fiestas familiares como nuestra pareja de siempre. Uno siempre huye, el otro se abandona; uno se queda en la soledad, o regresa a la suya y el otro viaja.

Esta vez la mesera me abandonó y yo no recuerdo cómo es que terminé aquí.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

sábado, 5 de mayo de 2012

De cierto modo yo ya estoy desahuciado

La única manera de que yo me acercase a ella es si mi vida dependiera de ello. No es que fuese fea, sino todo lo contrario. Si fuese una desgracia, ¿vendría yo acaso todos los jueves a este lugar? Desde hace meses que vengo aquí sólo a admirarla y a reflexionar sobre aquellas mujeres que me han dejado atrás, o que yo he dejado atrás; que nos hemos abandonado mutuamente en un arrebato de pasión que nos ha llevado a algún lugar escabroso de donde no podríamos regresar sin aquellos sentimientos carcomidos por el rencor. Un odio latente, tenue, nacido de quién dice perdonar pero en realidad no olvida y sólo busca una manera y momento oportuno de cobrarse aquello que ha descubierto de una manera violenta, con palabras que cortan la piel y miradas que ensordecen y que dicen más que cualquier insulto.

Sí, yo vengo a este lugar por ella. No por las demás a quienes he recordado más de lo debido, pues debieron haberse ya quedado atrás desde hace mucho tiempo porque cualquier tiempo es demasiado cuando de un distanciamiento de un ser amado se trata. En el olvido, y yo, aquí, viendo cómo ella va y viene, ligera, real, momentánea. Habré de desaparecer pronto, en cuanto se acabe esta taza de té, este café, esta tarde de jueves solitaria. Pasará otra tarde donde no me atreva a hablarle a la meserita de cabello rizado. Sólo muerto podría dárselo, porque estando vivo me da miedo que ella se vuelva una muerta más, una historia macabra, una nostalgia más. Mi presencia en su vida cotidiana la mataría lentamente, poco a poco se aburrirá de mí, de la vida conmigo, de todo y yo volveré a morir una vez más, pero ahora con ella.

Cada mujer que se va, cada una que pasa por aquí, por este hombre que todavía no sé si soy, me deja un poco más muerto. No necesitan hablarme, no necesitan llamarme por mi nombre o amarme siquiera. Basta con que ellas sean en el mismo lugar que yo por algún tiempo para que yo muera un poco, para que me enferme de la vida y esté próximo a morir. Y es que doy mi amor a las mujeres bellas que me encuentro. Su belleza siempre parece digna de ser amada en gritos o en silencio, en presencia o escondida. Son ellas las eternas receptoras de mí sin saberlo muchas veces y, a cada una de ellas, les doy un poco de mí, les dedico un cierto espacio que termina siendo un pequeño sacrificio que mata una parte de mí porque cada que uno le dedica una parte de si a otra persona, pierde esa parte suya: la da para siempre.

Y todos los jueves doy una a la mesera. ¿No acaso muero poco a poco cada jueves que la veo, con cada yo que le doy? ¿Acaso no estoy predestinado a morir al final de la tarde? De cierto modo yo ya estoy desahuciado, y quién se sabe próximo a morir, así sea sólo en una vaga, lejana e incluso incierta manera todavía, o muerto sólo en idea o geográficamente (pues uno puede morirse por ausencia también), se ve en la necesidad de desnudarse de cualquier escrúpulo y dejar de titubear. Y eso será justamente lo de pasará y debería hacer. Moriré por su ausencia, y moriré para ella por no ser más en su café y entonces debería dejar de titubear y pedirle su número o darle yo el mío. O debería invitarla a salir o que se sentase conmigo a tomar café cuando no hubiese nadie ya pues siempre soy el último en irme antes de que ella cierre la cortina del local.

Entonces, me desnudaré ante ella. Haré uso de mi poca seguridad en mí mismo y le invitaré a salir, o le daré mi número o haré algo para quitarme el titubeo y el escrúpulo. Me amarraré la soga esta vez para que ella tire cuando, con ojos de condescendencia, o hartazgo, o incluso asco, se niegue a salir conmigo o darme su número y pretexte cualquier cosa para evitar que un encuentro fuera del café se lleve a cabo porque simplemente no le gusto y no le parezco medianamente interesante. Entonces moriré nuevamente pues soy de esos que se dejan matar por aquello que encontraron bello algún día y ahora no pueden verlo sin que se les amargue el corazón, poco a poco muerto, y los vuelva más renuentes a cualquier futuro encuentro con la belleza.

Andrés Sierra Gómez Pedroso