martes 14 de julio de 2009

Mil veces te perdí

Mil veces te he perdido; de mil maneras te he visto partir. Cada una de tus fugas las sé revivir y cada regreso es incierto. ¿Te has ido o jamás has regresado? Viviendo en la expectativa de lo incierto de tu estado. En mis manos se acumula el odio y rencor de cada una de esas veces. La ira incontrolable que toma control. La sangre corre por mis sienes y las lágrimas inciertas no se atreven a correr. Un dolor me inunda con una escena ante mis ojos.

Mil veces te he perdido y jamás había sido tan cierto. Tantas veces que tus manos recorrieron mis pechos y que nuestras piernas se enredaron. El sudor de cada uno mezclados y olorosos. Incontables veces mi sangre corrió como la tuya y tus manos me dieron la tuya. Tantas veces entre mis muslos gemiste y tantas veces a mis ojos recitaste tus incansables palabras. En tu cuarto o en el mío; en los viajes y en los libros, tuvimos tantos encuentros pero mil veces te he perdido.

¿Confiarías en mí nuevamente? ¿Me atreveré a confiar en ti? De todas esas veces, la primera y última siempre fueron las más dolorosas. Una por imprevista, la otra por ser siempre nueva. Heridas sangrantes como las abiertas en mis piernas cada vez que te albergaban. Tu aliento fue aquello permanente y fiel, siempre en mi boca no importando tu partida. Tu olor en mi nariz, tu saliva en la mía. En brazos de mil mujeres te vi pero siempre tuve tu aliento. Brazos vacíos, no como los míos. Pechos y cabelleras cualquieras, capaces de entregarse a cualquiera.

¿Cómo contener el llanto si la última vez ha sido definitiva? Palabras dedicadas tal como fueron dedicadas para mí. Tu aliento desvanecido pues me ha abandonado y tu mirada ya no habla conmigo. Mis pechos solitarios gimen por tu ausencia pesando aún después de largo tiempo. Mis manos todavía intentando palpar tu cuerpo que yace junto a otra a la que ahora amas. Cada palabra sorda punza en mi cabeza y la sangre hierve. Ira y desesperación. Mi cuerpo tiembla de furia.

Mil veces te perdí, pero esta será la última. Entre las sombras me escabulliré y entre sueños atacaré. Mis manos tocaran tu cuerpo, tu cuerpo temblara ante el mío como antes. Te tendré entre mis piernas y ella se desvanecerá por siempre. Mi sangre hervirá con la tuya, se volverán una. Nuestra sangre correrá por mi vientre y el tuyo. La veremos vaciarse de nuestros cuerpos mientras intentas tomar bocanadas de aire ahogadas por la sangre tuya y mía. Tus ojos verán los míos y por primera vez entenderán mi alma y su pesar. Tus palabras sordas no serán articuladas, pues en el último suspiro, mil y una veces te perdí. Y una sola vez me perdiste tú a mí.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

miércoles 8 de julio de 2009

Mis noches con ellas

La veo ahí tumbada, sollozando y desnuda. Me dan ganas de volverlo a hacer pero no lo haré. Ella no tiene la fortaleza para darme la satisfacción. Ya nunca la tendrá. Como un pañuelo a medio usar, la descarto. Podría volverse a usar, pero no sería tan efectivo como la primera vez; la sangre tanto en ella como en el pañuelo es evidencia de ello.

Que delicia la de sacar un pañuelo nuevo de su caja, olerlo y guardarlo en la bolsa interna de la gabardina. Sentir el pañuelo palpitar, insinuársete con cada paso y las eternas ansias de querer usarlo. De súbito, te sangra la nariz y finalmente puedes estrenarlo. Con alegría retiras el pañuelo de su escondite y te deleitas en limpiarte la nariz. Detienes la hemorragia y al llegar a tu casa se lo das a la sirvienta a que lo lave. Al día siguiente el pañuelo vuelve a ser usable, pero ya no será el mismo deleite su uso.

Lo mismo pasa con ella. Después de haberla tenido, ya jamás será lo mismo. No volverá a gritar pidiendo ayuda mientras la hago presa contra la pared. Su lucha no será tan deleitoso y sé que jamás volverá a intentar rasguñarme –esos deliciosos rasguños cuya función es sacar mi animal interno, la bestia. Su lucha será menor con cada intento y llegará el día en que lo tome con resignación. Eso, es algo que no puedo permitirle. Sus alaridos, su fuerza, su llanto mientras me postro en ella y le tomo los brazos. Sus mordidas mientras la beso y sus pataleos, todos sólo tan vigorosos la primera vez.

La segunda vez podría ser parecido, pero queda algo de resignación. Ella ya habrá sangrado y llorado. Incluso será algo esperado para ella. ¿Cómo tomar el espíritu de alguien que ya se ha roto? Es imposible. El goce es ver el desgarre de su alma como de sus tejidos.

Nunca es más de una vez. Siempre me doy el lujo de recordar lo acontecidos minutos antes. El olor a sangre que inunda el cuarto, los sollozos y lamentos; la tenue luz que alumbra el cuarto; las sábanas manchadas y arrugadas. Lo grabo en mi memoria, desde el primer esfuerzo de ella hasta el último mío. Moreteada y magullada, siempre en posición fetal.

Es entonces cuando dan la última batalla. La batalla por la vida en el momento que descargo mi odio poco a poco en su cuello. Mis manos sienten el palpitar mientras mis piernas sienten el retorcerse de su cuerpo. La última batalla. Mi odio fluyendo de mis manos a su cuello a sus piernas a la muerte. En sus ojos un grito de ayuda buscando una pizca de compasión en mi ira. Un grito en vano.

Poco a poco el esfuerzo empieza a ceder y desvanece. Su cuerpo se marchita y con él, un poco de mi odio eterno.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

viernes 29 de mayo de 2009

Realidad de pesadilla

Insomnio y melancolía inexplicables emergen con la pesadez de los párpados. No quieres dormir. En tus sueños aparecen tus peores temores. Te aquejan las pesadillas incontrolables. Tus sentimientos desbordantes te incitan a gritar y explotar en cada uno de tus sueños. Represión e ira incontenibles se apoderan de tu voluntad en ese mundo siempre lleno de bruma y desnudez. Un mundo frío y húmedo es el de tus sueños donde aparecen ellos y ellas.

El silencio en esos sueños es apremiante. Existe la telepatía y sincronización de labios. Los metales siempre oxidados, la pintura carcomida, ventanas sucias, gente demacrada. La desesperación en tus sueños también te persigue. Tus anhelos siempre se ahogan mientras tú solamente logras observar el hundimiento de tu vida ante tus ojos dentro de este mundo de niebla.

Huyes con tu alma de ese mundo. En vigilia constante los parpados pesan, tu humor varía y todo empieza a tener una tonalidad pálida. El sonido se atenúa y las luces dejan de brillar. Olvidos y distractores se apoderan de tu mente. Buscas entumecerle a cualquier precio.

Pruebas de todo y nada la entumece, y la luz empieza a atenuarse. Los sonidos siguen disminuyendo mientras los colores se vuelven a escala de grises; se deslavan. Escuchas gritos y regaños. Sabes de su existencia pero no llegan a tus oídos. Te mantienes quieto y callado mientras la adrenalina sube por tu cuerpo. Las ganas de gritar y llorar emergen de lo más profundo. Desesperación y represión son los únicos factores reales. Muerte –la de ellos- y liberación –la tuya- son conceptos circundantes en tu mundo.

La neblina cae sobre la realidad y de golpe te das cuenta de lo acontecido. Todo se vuelve irreal y ya no logras enfocar la vista. Tus pesadillas son ahora tu realidad. El sueño y el mundo real son uno y ya no tienes escape, aunque duermas o consigas vigilia, lo más temido por tu ser ha arribado. Vives en tu pesadilla y no sabes siquiera gritar.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

martes 26 de mayo de 2009

Amistades casuales

Disculpe usted siéntese aquí
en este lugar ¿sabe? me he estado
preguntando cómo se podría llamar
hasta la edad que tiene y uno
que otro dato más
seguro, es a usted a la que
le hablo, verá:

[…]

Pero falta esté de acuerdo
la invito a almorzar, una comida
una merienda, un café nada más
lo que prefiera o casi todo menos
escapar, hoy que por fin me la he
encontrado y he empezado a hablar.

¿De qué se ríe? ¿Qué dije hablar?
Bueno, suponga que hablo un poco
más que a los demás
no siga riendo es un problema
serio y soledad ¿qué dice de
la historia? ¿Le falta el final?
venga conmigo, la ayudo a parar
deme, es pesado, yo lo llevo
vamos por acá, tome mi mano y no
se olvide de tomar con la otra
el barandal.

Seguro me la imaginé
tan linda y delicada como usted
o mejor dicho es sólo un modo
de llamar por acá, a la sonrisa
que en su risa me acabé
de hallar.

Fragmento ‘El abordaje
Fernando Delgadillo

Es ingenuo intentar hablar y socializar con extraños hoy día. Es sueño de muchos tener un encuentro en un transporte público. Sin embargo, la partida receptora de dicho abordaje jamás lo toma a bien. Son escasos los casos donde alguna relación ha nacido de un encuentro en un microbús. Se vuelven casos de acoso cualquier intento de contacto social. Unas palabras, miradas e incluso una sonrisa inocente es causante de incomodidad. Paranoica, la sociedad ha decidido no tener contacto con ningún tipo de extraño en vía pública, mucho menos en un lugar como el metro. Ha muerto la vieja costumbre de enterarse, boca a boca, de los acontecimientos de la ciudad. Si no ocurre nada fuera de lo común, no es menester hacer contacto.

Individuales, caminamos por una ciudad y nos transportamos bebiendo las miradas apuradas de la gente. Se detiene uno un momento y admira un bello par de ojos solitarios. Gritan por compañía pero destrozaran cualquier intento de algún extraño por romper su soledad con buena voluntad. Endurecidos por una eterna inseguridad, caminamos con nuestras soledades entre la multitud buscando aquellas miradas esperanzadoras a las cuales no podremos alcanzar. Fallamos en nuestros intentos de mezclarnos en multitud; nosotros mismos destrozamos cualquier oportunidad presentada ente nosotros. Timidez y miedo mezclados con sentimiento de inseguridad: tras de una mirada amigable creemos se encuentra una voraz mente capaz de cualquier cosa por un par de pesos más.

Cuidamos nuestros materiales y descuidamos el alma. Amistades fugaces de un viaje en metro fumigadas y extintas por una ciudad paranoica. Ciudad, temblorosa en actitud, se sacude violentamente de todas las sensaciones y confesiones; de la seguridad y las nuevas amistades.

Ingenuo eres Fernando. Ya nadie acepta un café ni una mano amiga para ayudar a un ligero cuerpo bajar de un autobús. Incluso si no deseas más allá de una conversación casual.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

domingo 17 de mayo de 2009

Entropía

Hay un caos pretencioso atrás de cada palabra y de cada acción. Se mueve sigilosamente entre los dedos del destino, desordenando los cabellos del aire, el agua corriente e incluso la firme tierra. El fuego y el viento con aquellos con mayor representación de dicho caos.

***

Te encuentras desentonando en el mundo, solitario en la mesa de un café en Coyoacán. Te sientas en una banca, mirando hacia aquella plaza menos concurrida donde pasean parejas y amigos en la calmada tarde. La luz se filtra por los árboles. El viento sopla y refresca tu cara. Te sientes un tanto revitalizado, pero sabes la cruda realidad: todo es momentáneo y en unas horas serás igual de miserable en la obscuridad de tu cuarto. Lo fuiste antes y lo serás aún más después de haber experimentado una vez más el inocente placer del viento en tu cara.

Has huido a esta recluida banca para darte un descanso del estudio de la entropía. La entropía es aquella propiedad del caos; energía desordenada, inútil y desperdiciada. Es el caos de la energía y como siempre, el caos no sirve para llevar un orden. La energía es un cepillo de dientes. De nuevo, las cerdas ordenadas limpian tu boca con ese dulce sabor a mentol. Pero con el uso y el tiempo, las cerdas se abren, se aplanan y dejan de limpiar y sólo embarran aún más el sarro en tus dientes. La entropía es el nivel de apertura y aplanamiento de dichas cerdas.

Todo esto te llega de una manera metafórica. Algo en este concepto te mueve el corazón y perturba tu sueño. Tu cabeza más de una vez ha rechazado el estudio continuo de estos temas. Cada concepto es una explicación espiritual, pero la mayoría fácilmente descartables. Sin embargo, la entropía es distinta. Algo en ella te incomoda y te fuerza a tomarte un descanso; a caminar y tomar un café.

Repasas con lentitud los caminos que te han traído a esta banca; tus furtivos intentos por controlar un poco el camino deseado. Caes en cuenta de lo fútil de tus intentos. Cada acción por hacer algo, generadora de caos; cada día de quedarse inmóvil, generador de caos. Hacer y no hacer siempre guiándote al mismo resultado. Cada beso, caricia, grito, enojo llevaron al mismo lugar. Las eufóricas felicidades y llantos inconsolables fueron instantáneos. El cepillo de tu vida cada vez es más plano; cada vez puede hacer menos por ti.

Abres un libro y sin conseguirlo, intentas leer un poco. No tienes cigarros y beber en vía pública te traería más problemas. Buscas una manera de evadir estos pensamientos, de alienarte de ti mismo pero no lo logras. La entropía y tus estudios te persiguen incansablemente. Cada paso a corregir te aleja más del camino deseado. Tus metas son borrosas desde hace tiempo. Pagas el café, te levantas y te das a la tarea de caminar por puro impulso por las calles. Cruzas sin reparar en el tráfico y más de una vez estás cerca de ser atropellado. Duras horas y observas a los transeúntes de la ciudad con una mezquindad y desapego inhumanos. Es el inicio de uno de tus ataques de pánico.

Un ataque de pánico es la entropía interna. Un caos incontenible en el espíritu deseando salir para explotar. Energía sólo útil para la destrucción.

Con el morral a tu costado, audífonos puestos –ya sin música- y sin saber tu destino, has caminado por días y la ciudad está muy lejana -esa cuidad entrópica sofocante y hogar de tu entrópica vida. Dejas atrás tu vida. Tu caos interno sigue carcomiéndote y caminarás hasta que deje de hacerlo.

***

La entropía jamás será menor a la nulidad, y en casi todos los casos, siempre será mayor que esta.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

jueves 7 de mayo de 2009

Sobredosis accidental

Te encuentras deprimido y desesperado. No has dormido bien en semanas y te ha avisado de un inminente cuerno, que no te asustes por él cuando te enteres –jamás te enteras. Hay un zumbido en tu cabeza y no quieres pensar en nada pero sus palabras retumban. Te revuelcas en tu cama con sábanas sucias, pensamientos fatalistas y una orgía de sentimientos encontrados. Intentas llorar para desahogarte y no lo logras. La obscuridad se ha convertido en espera de un mensaje esperanzador, pero ese aparato sólo trae noticias lúgubres.

Su viaje empezó hace ya varias semanas y la separación ha sido dura. A un pueblo remoto se marchó; la alejaron de ti y aceptó gustosa. Con los ánimos bajos apenas si te mueves. No comes por pensar en ella y lo que estará haciendo con alguien más. Pensamientos alimentados por mensajes suyos, por paranoias tuyas. El mundo conspira contra ti. Las letras dejan de funcionar como escape y tu cabeza está por reventar.

Decides matar ese dolor punzante de cabeza y tomas dos pastillas. El dolor no cesa. Esperas más tiempo y duermes. Nada sucedes. Tomas otras dos pastillas pero tu cabeza sigue a punto de estallar. Comes algo, seguro es la falta de comida. Nada sucede. Te enajenas en tus aparatos electrónicos deseando que el dolor se disperse pero no sucede. Tomas otras dos pastillas y llevas seis. No han pasado siquiera dos horas. El tiempo se vuelve lento. Te invitan al cine. Antes de entrar a la función, cuatro horas después de haber atacado el dolor de cabeza tomas el resto de la planilla. Ya son diez en menos de cuatro horas.

El tiempo transcurre, y nada sucede. La película termina y te has resignado a vivir con la migraña. Regresas a casa y la fatiga te tumba en cama. Duermes unas horas pero el intenso dolor de estómago te despierta. Intentas sin éxito vomitar. Orinas sangre y notas una serie de moretones en la piel. Donde presiones, al poco tiempo aparecerá un morado. Es una noche terrible con dolor de estómago. A media madrugada te sangra la nariz.

En el baño has hecho un desastre, apenas si puedes contener la hemorragia y para colmo el génesis de varios moretes ha ocurrido. Te demoras más de lo esperado en el baño. Regresas nuevamente a tu cuarto y subes a tu litera de la misma forma que siempre: escalas el escritorio y saltas al colchón. Pero el destino te juega una broma barata. No mantienes bien el equilibrio en el salto y resbalas. Golpea tu cabeza en el escritorio, luego en la base de tu cama. Caes al suelo y para colmo, como en un chiste de mal gusto, tu cabeza rebota sobre el duro suelo.

La obscuridad de tu cuarto es lo último que viste. Tu cabeza se inundo de sangre y tus ojos jamás volvieron a ver. Tu cuerpo quedó morado y tu cabeza es registró de la secuencia de golpes.

Mientras, ella se besaba con alguien más. No se enteró de tu desafortunada caída hasta una semana después y sólo te lloro por una semana más.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

miércoles 29 de abril de 2009

Masajes Infructuosos

Es un día como cualquiera. El sol salió, la gente hizo sus actividades cotidianas y tú te pusiste guapo pues ese día decidiste tener la determinación de enredarte en las vicisitudes carnales. Con toda la seguridad del mundo sales al encuentro de la causante de esta terrible tensión sexual no liberada. Ya has perdido la cuenta de los días que han pasado entre miradillas y cosquilleos insinuantes sin que culminen en nada. Te equipas como normalmente lo haces al salir, dejando atrás inhibiciones y prejuicios morales.

Tomas el metro e imaginas los posibles escenarios. El evento es puro pretexto. Te convences y te aseguras a ti mismo el poder llevar tu plan a cabo. Repasas minuto a minuto. Sabes de antemano que su puntualidad no la favorecerá y la esperarás de cualquier manera. Caminaran y no perderás la oportunidad de hacer contacto físico. El sol será entonces tu aliado para despojarle de una o dos prendas insoportables ante su excesiva brillantez.

Llegarán antes de tiempo y el calor los forzará a buscar una sombra, solitaria de preferencia, donde puedan darse a la espera. Comprarán sodas y la llevaras a un lugar cercano pero poco concurrido. Te harás guaje al principio, aparentando estar más interesado en ver otras cosas que a ella. Ella se te acercará y probablemente te abrazará. En ese momento tú aprovecharás para hacerte del buen amigo que acepta un abrazo y lo regresa. Le haces notar lo tensa que se encuentra y ofreces tus servicios de masajista aficionado para librarla de dicho mal.

Entonces comienza lo planeado desde hace ya unos días cuando acordaron verse. Con un ágil manejo de dedos recorres “los-terribles-nudos-habitantes-de-su-cuello-y-espalda”. No quieres presumir, pero ves una evidente reacción en su piel. Se da a lucir esa sensación abrupta recorriendo su sistema. La piel se le enchina, los ojos se le cierran y su cara adquiere esa expresión universal de deleite. Los hombros se le caen y sólo utiliza sus fuerzas para mantenerse erguida y poder seguir recibiendo tu masaje. De vez en vez deja escapar un pequeño gemido o alguna frase de alabanza.

Analizas la situación segundo a segundo. La ves evolucionar poco a poco y llega el momento de la verdad. Te acercas lentamente y con tu respiración suave te acercas a su cuello y cabeza. Te vas acercando y ves aumentar su cara de satisfacción al hacerlo. Estás tan cerca de ese beso y súbitamente, sus labios se alejan. Huyen despavoridos a los tuyos. Pero te sabes paciente y sigues con tu ritual. Plantas besos aquí, allá y vas haciendo un caminito largo para llegar nuevamente a los labios. Pero vuelven a huir.

Repites varias veces, sin éxito alguno, este procedimiento que a ambos los tiene más allá de listos para el siguiente paso. De la nada das una indirecta contestada por una impía frase: es que no estoy lista. Te importa poco y sigues dando batalla, pero a los pocos minutos se dan cuenta que la hora de la separación es inminente. El evento ya fue hace varias horas y no lo atestiguaron. En camino al metro sigues intentando lo tuyo entre masajes y toques perdidos sin fruto alguno. Se despiden y ella se va con la piel de gallina mientras tú te quedas peor de cómo empezaste. Ni siquiera un beso de despedida te ha dado.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

jueves 16 de abril de 2009

Tabaco

Con cada bocanada de humo sientes el mentol pegarse en tu garganta. Es una frescura rasposa en una dualidad intangible. Es la sensación del mareo, del humo llenar los pulmones y un ligero estado de ebriedad instantáneo. El cerebro deja de oxigenarse como debería y se atonta; el ritmo cardiaco baja su correr y se siente relajado. Para los inexpertos, las nauseas son inevitables y uno completo es casi demasiado. No se sabe si es agradable o molesto, pero lo haces por alguna extraña razón. Es entre amargo y dulce; cálido y fresco.

Cada probada tiene un sabor distinto. Parecido en muchas cosas, pero a medida que se va acabando ese cigarrillo, el sabor puede volverse común o repulsivo. Lo sabes cada que prendes uno y sientes el humo de la punta escalar tu brazo caído mientras lo presionas entre tu dedo pulgar e índice. Se consume aunque no aspires continuamente. Puedes prenderlo y jamás fumar; aún así llegará a consumirse por completo en lo que tú platicas con alguien más. Dejarlo en el cenicero mientras contestas esa llamada importante y el incesante humo escala el aire hacia grandísimas alturas para difuminarse entre el cielo volviéndose uno con el viento. Desperdicias ese humo que sube sin haber experimentado estar dentro de tu cuerpo. Sube ante tus ojos el humo que no conoce el pecado y no ha besado tus labios.

En cambio al consumirlo se vuelve parte de ti. Recorre tu sistema e indaga en el contenido de tu corazón. Escribe tus historias y desenreda tus pensamientos más sombríos. El atardecer se ve más claro y la lluvia se vuelve un rocío agradable por el cual caminar. Ese frío que escala tus pies en los charcos acompañado de la humedad de estos, es combatido ferozmente por el fuego que trae el tabaco quemado que ha llegado a las puntas de tus pies por el torrente sanguíneo. Es humo que conoce tus pasos y tus pecados; es tu confidente fiel. Purifica el alma y se lleva las impurezas.

Exhalas y escapa al aire llevándose millones de recuerdos, fusionándose con él, contándole tu historia y tu vida. El aire se alegra por conocer más de ti y vuelves a jalar de aquel cigarrillo. Disfrutas aquél olor y lo repudias; lo amas y lo odias. Con amor te arrepientes que se agote; con odio aspiras para ver ese gritillo rojo de dolor que clama al consumirse.

No en demasiado tiempo se agota ese cigarrillo y te quedas pensando profundamente. Esperas unos minutos, unas horas y vuelves a prender otro.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

sábado 11 de abril de 2009

Noche a luz de vela

Al final del día siempre hay una terrible espera de lo incierto. Avistas el vacío esperando que aquello que anhelas con tanto ahínco se materialice del aire. Anhelos que son palabras y que son colores. Luz y olores que habrían de embriagarte bajo la luz de la vela que ilumina tu cuarto porque escribes mejor a la luz de la flama que a la de los focos fluorescentes. Entre la tenue luz de la llama que baila junto a ti, esperas encontrar aquel cuerpo por el cual has esperado con tanta paciencia por tantos años. Pero solo encuentras una terrible ausencia que es perforada por un chocolate que se derrite lentamente entre la lengua y el paladar.

No sin cierta melancolía, buscas alegremente matar esta soledad temporal con un poco de música. Buscas entre tus discos viejos algo que te llame la atención, te ponga en el humor correcto para escribir y así evadir tu realidad. Pones pista tras pista y sólo te encuentras siguiendo vagamente la tonada volteando al vacío. Te asalta la memoria de un puesto ambulante de comida japonesa que se encuentra cerca de insurgentes, casi en la Roma. Te preguntas que pedirías en estos momentos para caer en cuenta que no tiene nada que ver con lo que estás intentando. Repasas el texto en la pantalla y no te convence, pero es mejor que muchos que has tenido y continúas. Escribes dos, tres, hasta seis líneas más de texto que ya perdieron todo sentido y lo borras todo.

Claudicas en seguir escribiendo e intentas leer con la misma vela que, ya achaparrada, está por agotarse. Decides abrir un tomo de Borges el cual no entiendes entre tanto argentinismo y palabrería intelectual –palabrería de dónde has sacado tú mismo mucho lenguaje para tus textos- y lo cierras. Vas por Cortázar pero te duerme. Pareciera que no lograrás siquiera posar los ojos en un texto ajeno. Sin embargo, decides releer ese viejo cuento-largo-novela-corta que te ha gustado desde hace tiempo. “Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?”. Recuerdas la delicia de la sencillez del texto y te vuelves a perder por una hora en un lento releer de todo el librito.

Ya despejado, decides volver a iniciar la travesía de escribir, pero sigues sin lograrlo. Atropellas frases torpes y las hilas como si quisieras hacer nudos por el simple hecho de hacerlos. Te peleas con esta palabra, eliminas esta otra, fuerzas la entrada de una más. Pareciera que es tu primera vez. Sí, cuando torpemente no sabías desnudar a tu pareja y no tenías ni idea de en donde poner tus manos. Tropezabas contigo mismo y tu cuerpo simplemente no obedecía. Sólo que ahora son las palabras las que no quieren obedecer tu comando. Pareciera que tuvieran un contubernio en contra tuya y que cada que estás por escribir organizaran un conventículo para planear como hacerte la vida imposible. Piensas -Esto no te pasaría si escribieras en papel blanco con tu pluma fuente-, y decides bajo esa línea, apagar tu ordenador, tomar tu fiel cuaderno de pastas de corcho, caobilla y cuerditas, hacerte poseedor de tu pluma fuente y tintero, dos cigarros y darte a la tarea de escribir-como-dios-manda.

Has prendido ya una nueva vela; la que tenías no durará lo suficiente para lo que sea que quieres escribir. Escribes y tachas una y otra vez sobre ese papel virgen. Línea tras línea. Nada bueno. Sigues tropezando, sólo que ahora a la torpeza de tus palabras se le agrega el enredo que es tu letra manuscrita que combate a muerte con tu pluma fuente. Todavía te queda un poco de paciencia así que decides darle una última oportunidad al ejercicio mientras escuchas a Silvio –grandioso Silvio que por alguna razón te entiende en estos casos. Por pura suerte los acordes te iluminan un poco y logras obtener un texto de menos de dos cuartillas. Satisfecho, procedes a releerlo. No está nada mal- piensas. Te das pequeñas palmaditas en el alma como recompensa por un trabajo bien hecho.

Pero no terminas de estar satisfecho. No es que estés infeliz. Al contrario, te encuentras en un estado de extraña alegría pues has logrado hacer lo que te gusta en esta noche a luz de vela. Más te das cuenta que falta algo. Ese algo –o más bien alguien- para compartir este regocijo. Piensas en tu estado de soledad temporal. Aquella que comenzó no hace mucho tiempo; aquella que no habrá de durar más tiempo que el de la espera que has tenido, y te reconfortas con la idea de que la espera no es tan amarga como podría parecer. Después de todo, al terminar esta espera, tendrás algo que contar.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

martes 7 de abril de 2009

A los catorce

Y ya que me preguntas te diré que sé lo que es tener catorce años y estar muerto
Fito Páez


A los catorce años creía tener todo descifrado y calculado. No podía haber ningún fallo y su manera de ver el mundo tenía que ser la correcta. Equivocado en esto último, pero certero en alguna idea que años después seguiría vigente.

De entre sus compañeros destacaba por no ser el líder y aún así ir contracorriente. Encontrado con las transgresiones en esa búsqueda del ser que años después seguirá sin concluir y que a lo largo de su vida jamás concluiría. Se retiraba solo de aquellos juegos del principio de la adolescencia. Reuniones y el inicio de los vicios elementales. En una lucha interna para no perder la antigua inocencia que día a día se disolvía entre el mundo que lo arropaba con un manto negro. Moría por dentro sin renovar. Moría porque cada cambio es la muerte de algo interno. El asunto se encuentra en dar vida a lo nuevo después de aquellas pequeñas muertes de lo que se era para ser. La transición de fantasma a ser vivo.

Se dio muerte social un día al explícitamente negarse ante los deseos de sus compañeros de escuela. Mantenerse íntegro ante lo que él quería y lo que los demás. La doble vida que llevaba entre lo que no quería ser y lo que era en aquél momento había muerto y la decadencia de él mismo comenzó. Una decadencia precoz. Su inicio en el ámbito filosófico y literario son haber leído un ápice de filosofía y habiendo leyendo dos o tres libros de autores baratos.

Literatura fantástica era lo que había leído hasta el momento. Afrontado al mundo del lenguaje con tanto que decir y sin palabras que utilizar. Tanto que declamar contra lo que no le parecía correcto con su moral conservadora. Juzgar con palabras las acciones que años después vería no tan incorrectas. Comprendería que el vicio no hace a la persona. Comprendería que uno es como es a pesar de si fuma o no un tabaco cada noche antes de dormir.

Vivía en confusión entre lo que se es con los gustos. Los fumadores y alcohólicos no son íntegros. Todo alcohólico es golpeador y violento. Alguien con mucho conocimiento no puede ser una mala persona. Vivía él en un mundo de blanco y negro, negando sus matices de tonalidades. Él mismo era una tonalidad de gris, un color que negaba serlo. Negaba el inicio de la vida como tal, la consciencia, el adaptarse a una nueva moral por quedar bien con la vieja autoridad. Equivocación fatal que reconocería años más tarde. No hay más autoridad moral que la propia y los juicios no le corresponden a uno hacerlos.

Lo más sensato que habrá hecho es cuestionar. Romper esa sensatez con un juicio fue lo irracional. Un sencillo cuestionamiento que lo hizo a los demás pero no a sí mismo. Cuestionamientos de orígenes, de lo esencial, de lo que se es y será. Años después releer ese texto sería más útil que cuando lo escribió. ¿Qué pasa cuando…? El comienzo de todo descubrimiento. Todo por unas simples preguntas. Empezar por un buen camino pero desviarse por algún miedo irracional mal manejado y acabar en el limbo. Acabar por no descubrir nada y después acabar en el mismo lugar, haciéndose a uno mismo esas mismas preguntas que se plantearon hace tanto tiempo.

A los catorce años él ya había muerto sin haber reencarnado. A los quince vivió como un cadáver. No renació con su propio esquema sino hasta que aquellos cuestionamientos se los hizo a sí mismo. Vivió en una juventud estancada en esa edad donde comienza todo para los demás. Como un muerto de catorce años.

Tiempo después habría de renacer y enterrar su propio cadáver para poder finalmente iniciar aquel largo viaje que todos comenzaron muy a tiempo. Comenzar y descubrirse vivo y desnudo ante un horizonte que se abre, no en blanco y negro, sino en una inmensa gama de colores listos para ser utilizados y pintar aquello que viene esperando ser pintado desde hace tanto tiempo.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

domingo 29 de marzo de 2009

El viento en el atardecer

Es una suave brisa que refresca bajo el agobiante sol bajo el cual has caminado tanto. Fresca y arropadora, bajo una jacaranda que se mece bajo esa brisa -esa brisa que es el tierno viento acariciando la tierra de una manera erótica, alentándola a moverse, a erizarse con el roce de sus infinitos dedos- y que te arropa, deja caer sobre ti ocasionalmente una que otra florecilla color lila. Respirar con una tranquilidad que quisieras dormir eternamente bajo este árbol que te ha acobijado tan bien por algunas horas.

Recorres con tus palmas el césped que te sirve de colchón, que te pica en la nuca y aún así acaricias con los ojos cerrados, disfrutando las cosquillas que cada hoja crea en tus manos. El olor de la tierra húmeda escala tu nariz y se adentra en tu pecho dejando nacer esa sensación de bienestar que se infunde con el olor por tu cuerpo. Tus manos se volvieron de aire, tus piernas agua. Tu pecho se ha convertido en parte de la tierra en la que se apoya y tu cabeza incandescente brilla con la llama de tus pensamientos más puros evocados por este estado de paz.

Deseas no dejar este lugar. Quedarte en comunión con las flores de la jacaranda que te cubren el cuerpo como si fuera una sábana gigante de color lila. Ese suave color que contrasta con el verde del pasto y combina tan bien con el rojizo atardecer. Un atardecer que se vuelve amanecer pues deja paso al día obscuro, abrigado por una luna que siempre ha sido cómplice de los amantes. Atardecer que da vuelo a tus sentimientos más profundos. La belleza que tienes por dentro emerge de las profundidades esperando salir a gritos. Tu mirada deja escapar aquellos cantos de libertad, disolviendo los rastros de soledad que los aquejaban.

De fondo, el viento te trae música con bellas palabras que parecieran contar tu historia tal como la percibes. Una canción que te cuenta como es hoy el primer día en el que te sientes vivo y en conjunto con esta naturaleza tan viva, tan nutrida, tan tuya y tan de nadie. Una naturaleza compartida y dedicada a ti por una canción. Hablas con el viento en silencio y dejas que te arrope entre sus brazos en lo que dormitas. Nunca creíste que pudiera ser tan cálido un abrazo.

Las nubes pasean por el firmamento; son testigos de que existes. Toman formas variadas y a momentos cubren el sol con su paso. Atrás de ellas, el sol resplandece y puedes ver sus enormes brazos intentando apartarlas. Él también quiere ser partícipe en los pocos momentos que le quedan antes de retirarse a dormir. Desea con ahínco despedirse de ti y se asoma, finalmente liberado de las nubes pasajeras. Te besa la piel con la calidez de un sol de atardecer. Te alumbra el rostro y tu faz jamás había sido tan bella. El sol se despide de ti con un beso en los labios y te deja descansar entre los brazos del viento.

Acaso será que el viento trae consigo una promesa no dicha de lejanas tierras. Ese bienestar que a bocanadas respiras en la brisa de la tarde. La felicidad de los momentos que se vuelven recuerdos que uno deja bailar por la memoria sin descuido. Cerrar los ojos en casa y remontarse nuevamente a aquella sombra de la jacaranda. Comer un dulce y sentir como se deshace en la boca, recordándote la felicidad de que alguien te diera algo tan simple como un caramelo sabor canela, café, de lo que fuera. Cerrar los ojos y sentir la brisa; el césped y su humedad. La luna se permea en tu alma y aparece en tus parpados con las estrellas que al terminar el atardecer se hicieron tan evidentes. Si guardas un poco de silencio, todavía podrás escucharlas murmurar y contar nuevamente este relato.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

jueves 26 de marzo de 2009

El muro vacío

En mi cuarto, frente a mi cama, hay una pared cuyo color bien podría ser uno de esos colores estériles con los que se pintan los hospitales. En esa pared, no hay nada más que un reloj cuya hora jamás puedo leer en la noche y un mueble esquinado en la parte derecha. Esa pared vacía con la cual me enfrento día a día al despertar y al dormir, con un ente posado sobre ella que me recuerda al tiempo perdido, me hace pensar en modos de llenarle. Sin colores me grita con un extraño sentimiento.

Chupando un dulce de café, saboreando capa a capa como se disuelve lentamente en mi lengua, comprendo el quejumbroso llorar de esa pared compartida con el departamento de junto. El dulce sabor me inspira a pensar en las múltiples maneras de llenar aquel vacío tan prolongado. Con su suavidad, pienso en colores tenues y brillantes a la vez. La alegría en un color nuevo que inundase a diestra y siniestra esa pared. Un color nuevo mezclado con este azul violeta para darle giros psicodélicos. Remolinos de sensaciones y emociones plasmados entre las líneas de los tabiques pintados; figuras que emergen de lo plano para absoroberme en un magnífico baile de ilusiones.

Podría llenarlo con cuadros que no se han pintado aún y que anunciasen el inminente arribo de un magnífico evento. Pinceladas en lienzos nuevos, aferrados a su marco de madera para no caerse al suelo desplomados en una languidez patética. Cuadros que con su imagen guardaran mis sueños en combinaciones de líneas y puntos, codificando mi vida en cada trazo. Caminos trazados en paisajes bellos, llenos de sol y claridad. Nubes que brotaran de las fibras para refrescarme con su lluvia sobre mis mejillas. El cuadro de alguien que nos sonríe con modestia y timidez dándonos un sentimiento de tranquilidad y esperanzados alientos solamente con su mirada. Pinturas vivas que cambian día a día; se transforman en novedades e ilusiones.

Con el dulce pienso en esa pared triste y la transformo en una alegría; en el potencial de algo bello que quisiera plasmar en esa virgen pared. Con este dulce que me pusieron en manos me dedico a soñar despierto con la gama de posibilidades que tiene ese eterno muro.

Con el muro aún vació y el dulce ya casi disuelto, lo que me queda es una pared que me susurra al oído, lista para ser cuajada de emociones y la sonrisa que me produce el saber que ya ha comenzado a pintarse y los cuadros a colgarse.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

viernes 20 de marzo de 2009

Miedos Colapsados

En épocas de pánico cuando todos corren al azar y sin destino, agobiados por la incertidumbre y perseguidos por las ansias, es cuando se presentan las mejores oportunidades de enfrentar aquellos miedos terribles que invaden el panorama y nos paralizan. Miedos tan tuyos, inciertos y misteriosos a mis ojos, pero no ajenos. Miedos que logro comprender a cierto grado; que intento simpatizar para no dejarles ser tan abrumadores. Miedos que se traducen en ciertos silencios producidos por algunas palabras que no se logran articular. También lo siento y alimento ese silencio con palabra mudas que cobardemente guardo. Contra mi pecho tomo tu silencio y en el frío de una tarde de cambio de estación se buscan las maneras de disolver aquellos silencios en palabras reconfortantes y analogías metafóricas. Alusiones a lo que se piensa sin decirlo, hablar en un código no establecido; establecer el código con el que se ha de comunicar. La alegría de empezar un diálogo.

Sí, existe la alegría entre aquellos silencios que escudan al miedo. Una alegría de saber que se quiere decir algo y tomar el riesgo. Dar el primer paso al vacío hacia lo que pudiera ser. Desestabilizar el miedo y hacerlo retumbar en sus raíces. El primer golpe de hacha con el cual derribemos un árbol cuya leña usaremos para encender una hoguera que calentará las almas congeladas por la soledad. Con las estrellas como testigos, veremos el humo incandescente en la noche flotar y disolverse a la luz de la luna. Ver las llamas que consumen aquél árbol que alimentábamos día con día al paralizarnos a la mitad del mundo. Escuchar los cánticos que se desatan por la alegría de la libertad que siempre ha sido nuestra. Una libertad liberada, antes esclava de nuestros miedos monumentales como árboles de épocas antiguas. Iniciar todo con ese primer golpe.

Cruzar las miradas y sentir una calma tan extraña y familiar a la vez, nueva pero comprendida. Sentirse comprendido y sentir que se comprende con tan poco que se ha dicho; con lo poco que se ha formulado. Tener la paciencia para descubrir el mundo que se abre ante nuestros ojos y las infinitas posibilidades que esto nos hace saber. Extender la mano a un desconocido e intentar ayudarle con aquello que le aqueja. Miedos y sensaciones, las sombras del pasado que son piedras que cargamos con la espalda.

Son tiempos como los de hoy cuando se anhela poder darle una mano a aquellos que creemos que la necesitan. Son tiempos como los de hoy cuando habrá que cerciorarnos de seguir adelante y buscar un poco de alegría en aquellas cosas que nos dan miedo. Son días como los de hoy donde despertar para ayudar es deleitable.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

miércoles 18 de marzo de 2009

Luces en el espejo

Hay una luz al fondo del espejo que soy. Un espejo que espero ser para reflejar aquello que pueda reflejar. Regresar aquellas efímeras alegrías y momentos de tranquilidad compartidos por extraños que nos tienden la mano en momentos de agonía. Una mano luminosa que inesperadamente nos da alguna nueva perspectiva sin habernos debido nada. Un ente de luz que se materializa por momentos para darnos a ver una nueva ventana al mundo; que deja entre ver algo de nosotros; que nos hace sentirnos identificados y acompañados incluso en una extraña lejanía corporal.

Es una manifestación tímida en un lugar donde se trasmiten ideas e imágenes, pero que los sentimientos quedan suavizados y bajados de tono ante la ausencia de una mirada o un gesto. Sin embargo me refleja y enciende algo que deseaba ser encendido. Crea una luz en el espejo para poder reflejar. Es poner en movimiento la pluma en el papel para construir potenciales frases. Poemas y ensayos, cuentos y novelas esperados ser escritos y puestos en movimiento por un alma caritativa que ayuda al desvalido a levantarse del letargo y olvidar sus penas.

Un alma agradecida a la otra por dar tratamiento. Un tratamiento que pareciera ser efectivo por venir de un lugar parecido a la enfermedad. Un remedio de entendimiento, de analogía. Una forma de mí en los demás y de los demás en mí mismo. Entonces emerge un sentimiento de agradecimiento, de ansias de poder devolver de alguna manera aquél extraño favor que se le ha dado a uno. Buscar ayudar a curar el dolor interno de otros que parecen ser aquejados tan profundamente que es imposible no querer ayudarles. Olvidarse del egoísmo por un momento y dar aquello que se nos ha dado de manera tan grata y sincera.

Es creer ciegamente en las palabras que no se han dicho, en las canciones y poemas dedicados en honor de la alegría de conocer la existencia de dicho ente. Tomar los consejos y sentirse humildemente halagado por ser elegido por un alma bondadosa que se ha tomado la molestia -sin haber tenido la obligación- de levantarnos los espíritus que habitan dentro de cada uno. Recordar que estamos formados de palabras, letras, frases y saberse con un sentido incluso si aún no lo sabemos. Un ser que nos recuerda que nuestros significados dependen de nuestro contexto, y que nuestro contexto es de quienes nos rodean. Dar sentido y cobrar un sentido.

Es agradecer esperando no ser inoportunos. Esperar poder dar también nosotros una nueva perspectiva. Buscar esperando hallar algo en el fondo del espejo. Es ser un espejo con una luz en el fondo que espera ser buscada y encontrada; poner alegría donde espera ser buscada.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

sábado 14 de marzo de 2009

Anagramas

Ya lo ha dicho un cantante mucho antes: que terrible y dura es la soledad. Aquella soledad que nos aqueja en momentos donde no sabemos convivir con nosotros y se permea en la piel y en las entrañas. Esa soledad fría e inerte que nos paraliza y nos deja llorando internamente por no sabernos reflejados; por sentirse único y sin importancia en el mundo. Una terrible soledad que nos abstrae de los demás, potenciándose a sí misma. El no saberse parte de la maquinaria.

Sólo somos palabras aisladas en la soledad, sin función, con diferentes significados. Una palabra solitaria que no es parte de nada. Verbos, sustantivos, pronombres, adjetivos, adverbios, cada uno con una diferente función y algunos que suelen ser ambivalentes. Somos palabras solitarias sin un texto; en el aire intangible que rodea a cada uno de nosotros que no sabemos combinarnos. La desesperación de ser formado por diferentes letras, haciéndonos únicos e irrepetibles, pero a la vez sin sentido si estamos fuera de lugar o aislados. Papel. Piedra. En niño gató al indestructiblemente. Todo sin sentido, sin un complemento, sin aquello que amplifica nuestro significado y lo hace verdadero.

Es la terrible soledad la que desata aquella feroz búsqueda de aquellas palabras. Sinónimos, antónimos, nuestros verbos, adjetivos, adverbios, verbos transitivos. Pero hay una búsqueda más importante. La búsqueda de nuestros anagramas. Aquellas palabras formadas por lo mismo que nosotros que tienen un diferente significado. Imagen y enigma, clara y lacra, amor y roma, gato y toga, miles de combinaciones. Anagramas bellos que nos reflejan y nos afirman. Conocer las historias paralelas de lo que pudo haber sido de nosotros en otras combinaciones. Cruzarse con aquellas palabras y formar oraciones con un significado ulterior, oxímorones bellos que es la conjunción de aquellos otros. Buscar aquellos pequeños anagramas que se cruzan en nuestra vida, nuestra forma compacta y de rápida pronunciación.

Es una búsqueda que atenúa la soledad cuando activa, que la potencia cuando es frustrada. La soledad y la búsqueda de su ausencia; es buscar la presencia de aquellos bellos anagramas que nos hacen sudar del nerviosismo ante el encuentro de otra forma de nuestro ser. Buscar esas personas formadas como nosotros, pero que a su vez son diferentes. De diferentes formas, gustos, tamaños, físico, sin embargo con situaciones iguales pero a destiempo, rasgos y modismos iguales, pensamientos afines. Buscar el reflejo y la compañía de nosotros mismos en alguien más. Buscar darle un nuevo significado a aquellos que nos rodean para lograr esas oraciones bellas y poéticas, desgarradoras y románticas que conforman al mundo letra por letra. Es la última esperanza de las almas para saberse únicos con algo más, con alguien más que también busca su anagrama.

Es entonces cuando los encontramos cuando esperamos seguir evolucionando y dándoles el sentido que nuestros anagramas desean tener y que su transformación sea tan bella como el mismo anagrama. La alegría de dar y ser convidado ante este mundo despiadado. La defensa verbal y simbólica contra el despiadado mundo que se empeña en demostrarnos lo contrario de lo que pensamos. Encontrar nuestro significado en alguien más. Es encontrar en alguien más lo que jamás creímos encontrar.

Andrés Sierra Gómez Pedroso